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Lenguaje Integral:
apuntes teóricos para su praxis.
Diana Rivera Viera
Catedrática Estudios Graduados
No hay un número mágico de
palabras que los niños necesitan reconocer o letras que
necesitan saber formar, o un número mágico de palabras que
tienen que ser capaces de deletrear antes de que puedan leer
libros por sí solos o escribir sus propios textos.
Judith Newman
La lectura es sólo
incidentalmente visual.
Frank Smith
Para
aquellos docentes que no compartan la filosofía de Lenguaje
Integral, estas citas pueden resultar chocantes,
probablemente, porque se fundamentan en un modelo
transaccional del proceso de aprendizaje, que no predomina
aún en el campo educativo. Más aún, estas citas reconocen
los procesos psicolingüístico y sociolingüístico que están
involucrados en la lectoescritura.
¿Cómo se puede explicar el Lenguaje Integral? Con frecuencia,
me encuentro compartiendo en un salón de clases, con niños y
niñas de nivel primario y elemental: reviviendo mis
observaciones de lo que hacían estos al entrar en contacto
con la lecto -escritura, examinando lo que aprendía de ellos;
y lo que conocía del proceso de la lectura. Pienso que este
proceso continuo de observación y reflexión en torno a: las
premisas que sustentan el desarrollo del lenguaje sobre el
proceso de aprendizaje y su estrecha relación con la lengua
en todas sus manifestaciones; la visión que se tiene sobre
la capacidad de los (as) niños(as) y de los(as) maestros(as);
es uno de los aspectos medulares de la práctica del lenguaje
integral.
Watson (1989) comparte las descripciones que diversos
autores y docentes han ofrecido sobre el tema que nos ocupa.
Goodman (1986) señala que el lenguaje integral es un modo de
incorporar una visión natural del lenguaje, del aprendizaje
y de la gente, particularmente, de los niños y los maestros.
Weaver (1988) señala que los que abogan por el enfoque de
lenguaje integral enfatizan la importancia de acercarse a la
lecto-escritura, desde una perspectiva que permita que se
vaya construyendo sobre la base del lenguaje y la
experiencia del niño. Así también, lo señalan los miembros
de un grupo de apoyo al lenguaje integral de las escuelas
públicas de Edmonton, quienes indican que el lenguaje
integral se construye sobre la experiencia práctica y la
investigación realizada por educadores, lingüistas y
psicólogos. En el lenguaje integral se utiliza todo el
conocimiento previo del niño y su creciente conciencia de
los aspectos del lenguaje.
Una de las descripciones que más me agrada, la presenta
Newman (1985) al decirnos que el lenguaje integral es una
expresión taquigráfica o abreviada que se usa para referirse
a unas creencias sobre el currículo, todo el currículo. Es
una postura filosófica, una descripción de cómo los(as)
maestros(as) e investigadores(as) han estado explorando las
aplicaciones prácticas de los argumentos teóricos surgidos
en diversos campos tales como la lingüística, la
psicolingüística, la sociología, la antropología, el
desarrollo del niño, el currículo, la semiótica, la
literatura y la composición, entre otras.
Watson (1989) por su parte, considera que el lenguaje
integral es una perspectiva educativa que se apoya en unas
creencias sobre los aprendices y el aprendizaje, los
maestros y la enseñanza, el lenguaje y el currículo.
Independientemente de cómo se describa o defina, es evidente
que estamos ante un fenómeno que incorpora la teoría y la
práctica.
Esas creencias de las cuales habla Watson son el producto de
la investigación en diversos campos. Los maestros y maestras
integrantes examinan continuamente sus prácticas en la sala
de clases y se preguntan si las mismas se ajustan al
conocimiento teórico relacionado con la manera en que los
niños y las niñas aprenden. Igualmente, se preguntan si sus
prácticas promueven el desarrollo del conocimiento y del
lenguaje en sus alumnos(as). También, se preguntan y
reflexionan sobre las formas en que pueden crear una
comunidad de aprendices cónsona con las creencias y premisas
que sostienen el desarrollo integral. No es posible ser un(a)
maestro(a) integrador(a) y no reflexionar continuamente
sobre estos asuntos. No es posible ser un (a) maestro (a)
integrador (a) y utilizar las actividades que otros (as)
llevan a cabo sin análisis. Los(as) maestros(as)
integradores(as) construyen su práctica de lenguaje integral
del mismo modo que los niños y niñas en sus salones
construyen el conocimiento a través del lenguaje y de
actividades pertinentes.
Cuando nos sumergimos en el mundo del lenguaje integral y de
sus fundamentos, nuestra práctica comienza a transformarse
porque altera los esquemas tradicionales que tenemos de la
educación y nuestros paradigmas respecto al proceso de
aprender. Al analizar la enseñanza desde una perspectiva
distinta, nuestra función en el salón de clases cambia
dramáticamente.
Debo advertir que, si bien es cierto que es un proceso
fascinante, también provoca inseguridad. Todo cambio
dramático crea ansiedad pues requiere nuevos modos de lidiar
y no sabemos cuán exitosos o exitosas vamos a ser. Sin
embargo, el riesgo, es necesario y deseable para el
aprendizaje y es un elemento crítico del lenguaje integral.
Fundamentos teóricos
Las investigaciones relacionadas con el aprendizaje y la
literacia son las que mayor influencia han ejercido en esta
postura filosófica que llamamos lenguaje integral.
Mediante los trabajos de Chomsky y Piaget se demostró que
los(as) niños(as) construyen las reglas lingüísticas a
través de la interacción social con otros, permitiéndoles
convertirse en manejadores del lenguaje. Smith por su parte,
nos ayudó a comprender que la lectura es una actividad
social en la cual el contexto ofrece las claves para
interpretar las palabras.
En el lenguaje oral, el contexto le ofrece claves a los
padres para interpretar el mensaje que su hijo(a) pequeño(a)
quiere comunicar. Los(as) pequeños(as), a su vez, usan esas
claves contextuales para entender el mensaje de los adultos
en su proceso de aprender a hablar. Es decir, los niños y
niñas van manejando el lenguaje mediante el acto de ofrecer
forma reconocible a las experiencias que tienen. La
situación o el contexto de la experiencia le facilita la
adjudicación de significado a las palabras, a la vez que las
palabras llevan a la elaboración de conceptos.
Los trabajos de Halliday (1975), presentaron, de forma muy
clara, el proceso de negociación entre el lenguaje, el conte
xto y el desarrollo conceptual que ocurre entre los adultos
y los niños al aprender a hablar. El modo en que los adultos
contribuyen al proceso, ampliando los recursos comunicativos
del niño y ayudándole a entender el mundo, fue descrito por
Wells (1980) como un modo de guiarlos desde la retaguardia.
Wells (1980) plantea que en este proceso los padres hacen
tres (3) cosas:
-
interpretan la intención de las verbalizaciones del(la)
niño(a) sin corregir los errores que comete.
-
le
comunican lo que han entendido de la verbalización y
-
le
hacen preguntas para ayudarle en su desarrollo
lingüístico.
De este
modo, el(la) niño(a) aprende a distinguir las
verbalizaciones que resultaron efectivas y las que no.
Además, puede seleccionar de la demostración del adulto, los
elementos que le ayuden a expresar lo que quiere comunicar.
El desarrollo lingüístico oral se acepta como un proceso
natural en el cual los seres humanos juegan un papel activo,
interactuando con otros que tienen mayor dominio en el
manejo de la lengua. En esa interacción se reconoce la
naturaleza transaccional en que entra el(la) niño(a);
probando las hipótesis que tiene sobre la construcción del
lenguaje, descubriendo en el proceso las reglas que
gobiernan su lengua y manejándola para comprender el mundo.
Sin embargo, cuando llegamos al ámbito escolar el modelo del
aprendizaje que impera es el mecanicista, asociado con la
transmisión de información. En los salones de clases, la
comunicación con los adultos cobra una forma distinta. El(la)
maestro(a) determina cómo y de qué se hablará. Los
estudiantes no pueden hablar libremente y hacer preguntas
sin que el(la) maestro(a) controle cuándo se hacen. Aquellas
estrategias para aprender el lenguaje, que tan efectivas
fueron en el hogar, ahora no son aceptables.
Más aún, en lo que respecta específicamente al lenguaje
escrito, se presume que éste se aprende en una secuencia que
debe enseñarse de forma jerárquica partiendo de las
destrezas sencillas a las más complejas. Esto explica, en
parte, la preponderancia de la fonética como forma de
iniciar la enseñanza de la lectura en Puerto Rico.
El ambiente educativo tiene que promover y estimular el
proceso circular natural que hoy reconocemos en el
desarrollo de la lecto-escritura. El lenguaje, en todas sus
manifestaciones, es el medio para conocer el mundo y, a
través de la interacción con el mundo, desarrollamos la
lengua. Este proceso dialógico necesita conocerse para que
nuestra práctica sea consistente con el conocimiento teórico.
Hay otro aspecto medular que se observa al contrastar el
modelo transaccional de lenguaje integral y el tradicional
mecanicista: la actitud ante los errores. En el modelo
tradicional predominante se presta mucha atención a la
corrección del error. Se busca que los(as) niños(as)
produzcan formas correctas y se amolden a las formas
convencionales. En el lenguaje integral se intenta analizar
el error, e interpretar lo que nos comunica respecto al
desarrollo lingüístico del(la) niño(a). Los errores se
consideran señales positivas del aprendizaje y hay
aceptación de las variaciones en la forma.
Es importante comprender por qué se asume esta posición ante
el error en el lenguaje integral. Nuevamente encontramos el
fundamento en lo que hemos aprendido respecto al desarrollo
lingüístico. Para ello es necesario discutir lo que sabemos
de cómo los niños entienden la letra impresa y cómo se
desarrolla la lecto-escritura. Nuevamente es evidente el
aprendizaje como proceso transaccional, del mismo modo que
ocurre ese fenómeno natural de adquisición lingüística oral.
Se han llevado a cabo importantes investigaciones para
ayudarnos a entender esos primeros encuentros de los(as)
niños(as) con la letra impresa. Sabemos, por ejemplo, que la
escritura de los niños comienza mucho antes de la enseñanza
formal y que éstos crean sus propias reglas en el deletreo
inventado. Ferreiro (1982) nos demostró que hay elementos
universales en la conciencia que tienen los niños al
enfrentarse a la escritura. Irrespectivo de la educación de
los padres y las madres, los(as) niños(as) interactúan con
la letra impresa siguiendo ciertas reglas.
Harste, Burke y Woodeard (1979) descubrieron que, en el
desarrollo de literacia, los(as) niños(as) usan cuatro
estrategias complementarias. Estas estrategias se han
denominado:
-
intención del texto
-
negociación
-
riesgo
-
refinamiento del lenguaje
Con
relación a la intención del texto, Harste et al.,
demostraron que los(as) niños(as) usan libremente lo que
conocen del lenguaje y del mundo en general para darle
sentido a lo que ven impreso. Esto ocurre porque todos los
niños esperan que el lenguaje escrito tenga sentido, del
mismo modo que lo hacen con el lenguaje oral. Precisamente
porque esperan que la letra impresa tenga sentido, los(as)
niños(as) usan todo el conocimiento que tienen para crear un
mensaje con sentido. A esto le llama negociación.
Para negociar ese sentido entre lo que ven (letra impresa) y
el contexto (su conocimiento del mundo) tienen que
arriesgarse a probar una hipótesis. Por ello, esta
estrategia se caracteriza por la experimentación, como medio
para cotejar cómo trabaja el lenguaje.
La cuarta estrategia, refinamiento del lenguaje usando el
lenguaje mismo, sugiere que lo que aprendemos de cualquier
encuentro con el lenguaje se convierte en un recurso para
situaciones lingüísticas subsiguientes. El lenguaje oral
provee insumo para el lenguaje escrito y viceversa.
El proceso de lectura
La lectura es una transacción entre el lector y el texto. Es
un juego psicolingüístico en el cual el lector, manejador
experto del lenguaje oral, interactúa con el texto para
interpretar un mensaje a partir de su conocimiento
conceptual previo y su conocimiento de cómo opera el
lenguaje. En ese proceso, el lector usa las claves
grafo-fónicas, sintácticas y semánticas.
Frank Smith señala la importancia del uso de la información
no visual al leer. El lector usa su conocimiento previo para
predecir el texto. Hace uso de las claves para confirmar o
rechazar sus hipótesis. Tiene que arriesgarse. Por eso, a
mayor información no visual disponible, menor es la atención
que tiene que prestar el lector a lo impreso. Mientras menos
conocimiento tenga el lector de lo que va a leer, más
dependerá de las claves que provee el texto.
El lector es capaz de anticipar la intención del autor,
predecir ciertas estructuras y significados, confirmar sus
predicciones o hipótesis de lo que va a aparecer en el texto
y auto-corregir cuando lo que dice no le hace sentido. La
lectura entonces, no es un proceso exacto.
Emig (1971) destacó la importancia de examinar el proceso de
escribir y no el producto de la escritura. Demostró la
naturaleza recurrente del proceso de escritura en el cual
los escritores (niños) toman decisiones sobre la selección y
orquestación de los componentes de un texto. Corrigen,
revisan y rescriben añadiendo o eliminando elementos;
reorganizando las partes o secciones de lo que han escrito.
Graves (1982) encontró que las respuestas de los(as)
maestros(as) a lo que escriben los(as) niños(as) y las
interacciones y reacciones de sus pares y familiares
influyen en éstos. Aún más, observó que, cuando los
estudiantes seleccionan los temas, la escritura se extiende
y se amplía notablemente. Graves confirmó que hay una
interacción constante entre hablar, dibujar, leer y escribir
y que estas actividades no se circunscriben a un momento o
secuencia particular. Hay una transacción continua entre
texto y pensamiento. Descubrió también, que, cuando están
explorando una nueva dimensión de la escritura, pierden
control sobre aspectos de la escritura que ya habían
manejado. La sintaxis, la ortografía, la caligrafía, los
signos de puntuación y la organización se deteriora cuando
están experimentando con un nuevo estilo o cuando pasan de
la escritura en imprenta al cursivo.
La observación de este fenómeno es muy importante porque
explica el aparente olvido de los estudiantes de formas "correctas"
que ya dominaban. Sin embargo, en este proceso nunca se
desconectan del sentido que tratan de darle a lo que leen.
Cuando examinamos lo que hemos aprendido del desarrollo
lingüístico oral y de la lecto-escritura, observamos que en
el aprendizaje la función precede a la forma. Además, el
riesgo es un elemento fundamental en el proceso de probar
hipótesis respecto al lenguaje, en su intento por darle
sentido a lo que se oye, dice, lee y escribe.
Newman (1985) señala que, si enfatizamos las formas
correctas, la convención sobre la función, removemos al(la)
niño(a) del escenario lingüístico natural necesario para el
aprendizaje del lenguaje y de su uso para aprender sobre el
mundo.
Sin embargo, los hallazgos de la investigación más reciente
sobre estos aspectos no han alterado las prácticas
educativas. El lenguaje integral lleva estos aprendizajes a
la práctica educativa creando ambientes ricos en la letra
impresa, en los cuales se reconoce que el lenguaje se
aprende en contextos funcionales, auténticos y
significativos; donde toda actividad se centra en el
estudiante, en un contexto de colaboración en el cual los(as)
maestros(as) y estudiantes exploran, crean y se arriesgan.
En los salones de lenguaje integral, se usan múltiples
medios para aprender. Los niños participan activamente y
toman decisiones respecto a los temas que desean estudiar.
Se entiende que el aprendizaje es transaccional, dialógico y
auto-generado, y que se centra en experiencias integradas,
consistentes con el mundo natural y social en el cual nos
desarrollamos. En los salones de lenguaje integral, la
teoría sirve de guía a la práctica y ésta, a su vez,
enriquece la teoría.
Los maestros (as) que se involucran en lenguaje integral no
son meros ejecutores de diversas metodologías y estrategias
educativas. Construyen su práctica todos los días y ven en
el entusiasmo y en el aprendizaje de sus alumnos(as) la
prueba más contundente de su efectividad.
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