Cuaderno de Investigación en la Educación
Número 17, Mayo 2002


   

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LOS EDITORIALES DE GUAJANA: COMO SE CONSTITUYEN EN DISCURSO FUNCIONAL ALTERNO Y EXPRESAN TERROR A SUS OTREDADES, DESDE SU CORTE PATRIARCAL

Alan Figueroa Cruz

 

“Marginadas estamos desde que el
cromañón nos prohibía hacer dibujitos
en las paredes de las mejores cavernas.
Lo único que ha cambiado es
que ahora lo sabemos.”
ANA LYDIA VEGA


“Más adelante, en una sociedad más
perfecta, otro habrá igual que yo
que aparecerá y actuará libremente.”
CONSTANTINO CAVAFIS
 

Sumario

La revista de poesía Guajana fue una de las producciones culturales más conocidas y controversiales de su tiempo. Su corte fundacional como emblema de lo puertorriqueño, al igual que su compromiso con la libertad de expresión y la ideología política independentista, colocaron al colectivo de Guajana en la mirilla de todos sus seguidores y detractores. Sin embargo, en los editoriales de dicha revista, donde se despliega su propuesta renovadora y hasta iconoclasta para con el quehacer literario puertorriqueño, se pueden percibir las fisuras que delatan la calidad marginal de su discurso ante las autoridades académicas de mayor jerarquía y la opresión de la metrópoli norteamericana. Más interesante aún resulta la lectura de dichos editoriales como testimonio de un orden masculinista aterrado, no sólo ante la incursión de la mujer y el varón no masculinizado en los espacios de acción social y cultural que le fueran vedados, sino también frente a la caída inminente del poder masculino que enmascara sus más agudas precariedades. Ello resulta más evidente en la manera mediante la cual la voz editorial trata de oprimir y ridiculizar a sus contrarios. Lo que antes fuera la afirmación de un sentido de calidad y compromiso para con la buena literatura en los editoriales de Guajana, pasa a convertirse en la queja de uno de los tantos colectivos ignorados y vilipendiados que integran al bando de los marginados; que a su vez reproduce en sus prácticas persecutoras y excluyentes las mismas actitudes represivas que antes criticara en sus detractores blancos, letrados e imperialistas.


Abstract

The poetry journal, entitled Guajana, became known as one of the most controversial cultural productions of its time. Founded as a symbol of the Puerto Rican culture, it was committed to defend the ideals of freedom of speech as well as the separatist political values, elements that placed the writers of Guajana in the peephole of its readers and critics. Nevertheless, within the editorials of this journals of this journal, an innovative proposal of Puerto Rican literature was displayed, one that shows a marginal discourse characterized by a confronting academic speech that denounced the oppression of higher authorities and impositions the North American metropolis values. Also, the reading of its editorials evidenced a terrifying testimony of a masculine order, not only because of the women and not so masculine men in the social and cultural settings, but because of the imminent fall of the masculine power that hid its most precarious situation at the time. This is the most evident in the way editorial voice tried to oppress and ridicule its opponents and critics. The editorials in Guajana were transformed from an affirmation of quality and commitment to good literature to a mechanism of complaint, used by one of the most ignored collective groups composed those belonging to the marginal side. Thus, Guajana ended up reproducing, in its persecution and exclusion practices, the same attitudes and mechanisms of repression once criticized as being used by the imperialists, whites and erudite detractors.

Para leer mejor la presencia del discurso patriarcal en los editoriales de la revista literaria Guajana, es necesario indagar en la propuesta socio-cultural que sustenta su andamiaje crítico. A primera vista se resalta su perfil como discurso fundacional. La voz editorial pretende establecerse como fuente única y verdadera de todo conocimiento y quehacer cultural, requiriéndo la asunción de un compromiso para con el independentismo socialista y el rescate de la expresión popular como emblemas de calidad. Eventualmente, dicho enfoque emblemático se transformará en la centralización del sujeto masculino como rector y cursor de la producción intelectual del país. (1) Resulta obvia su reacción contra el canon de la escuela Graduada de Estudios Hispánicos; asociada a la corriente hispanófila, y a su vez enfrentada con los intereses colonialistas de la nueva metrópoli norteamericana. Sin embargo, el discurso editorial deja ver una fisura en su armazón retórico que delata su vulnerabilidad (en tanto se declara actividad marginal frente a un poder de mayor autoridad). Incluso, adopta las mismas prácticas de censura, que antes denunciara en las llamadas “vacas sagradas” de la crítica, contra toda disidencia interna. Además, apenas destaca la contribución de la mujer en el campo de las letras, a la cual nombra a su modo con el fin de controlarla. A la luz de los planteamientos críticos de Marcela Lagarde, María Elena Rodríguez, Rafael L. Ramírez y Arnaldo Cruz Malavé, probaremos que los textos editoriales de Guajana son testimonios de un colectivo patriarcal que ambicionó constituirse en autoridad del quehacer cultural puertorriqueño, y que vivió aterrado ante la idea de ser absorbido por las otredades(2) que pusieron en tela de juicio las bases de su poder.

Dentro del mundo patriarcal, el acceder al poder de las letras y demás instituciones requiere el ingreso de sus miembros a una estructura social dentro de la cual los hombres (en tanto sexo y género “fuerte’’) son privilegiados, siempre y cuando cumplan con una serie de requisitos preestablecidos como signos de su identidad (entiéndase la valentía, el vigor corporal, la fuerza bruta, la negación de los sentimientos y vulnerabilidades, la pasión por el combate y la inteligencia). La genealogía patriarcal pauta dentro de su línea de sucesiones la relación directa con la figura de mayor autoridad –el padre, logos, mentor o antecesor– mediante el ejercicio de la actividad que garantiza el sitial de los eventuales herederos que perpetuarán su orden: el trabajo. Desde el sector agrario y proletario, hasta las estructuras de ejercicio más sofisticadas, se demarcan los rasgos de “responsabilidad” y “valentía” como cualidades indispensables en los hombres para trazar el nexo hereditario con la fuente primaria. Lo s futuros herederos aprenden los códigos, reforzados con la idea de gratitud y deuda para con la figura o figuras ejemplares que forjaron su formación. Toda masculinidad y su poder en la cultura –sea ésta intelectual o de masas– está basada en la sujeción a las pautas y jerarquías verticales de la ley del padre.

La noción del deber para con la heredad masculina en los editoriales de Guajana resulta más que evidente, dado que dicho colectivo se autoproclama como continuación de la gran misión educadora y propagandista de la letra del páter o logos, además de adoptar los mismos atributos de contundencia, fuerza y vigor de la identidad masculina en la construcción de su discurso:

“Pero, cuando menos, habremos cumplido con nuestro deber de generación, sí. Porque cada generación tiene mucho que dar y decir siempre y cuando y en la medida en que es auténtica y no se falsifica.” (Junta Editora, 1962, 2.)

“El tiempo va aclarando nuestras voces pasadas. Voces que van haciendo nuestra vida, nuestra historia. Recogerlas y darlas a conocer es labor que concierne a las nuevas generaciones.” (Junta Editora, 1963, 1.)

“Es la primera reconocer colectivamente, públicamente, a nuestro Maestro en Don Pedro Albizu Campos. Si algo necesita vitalmente nuestra juventud puertorriqueña es un Maestro.” (Junta Editora, 1966, 1.)

“Cada generación de hombres que nace tiene que buscar y descubrir una verdad histórica que realizar, cumplirla y llevarla a la praxis, o traicionarla.” (Junta Editora, 1966, 2.)

“Los poetas de Guajana, firmes en esa convicción no eludimos responsabilidades.” (Junta Editora, 1967, 1.)

A partir de la segunda época, la voz editorial resalta en su discurso otro de los rasgos del poder patrilineal: el corte fundacional. Para el hombre patriarcal es indispensable ejercer posesión sobre cada parte de su entorno; sus mujeres, sus redes de parentesco, la lengua y sus códigos, el poder militar, sus rasgos de género y su visión de mundo; la cual hacen pasar como postulado universal de la razón ante los ojos de la crítica. Por otra parte, las expresiones de violencia y vigor corporal, implícitas en el discurso editorial de Guajana, apuntan hacia la concepción patriarcal de un “nosotros” literario que abraza la tradición del macho campesino (3) y la del proletario, que a punta de machete o de pistola defiende constantemente la propia hombría frente a su rival. Tanto la competencia como la pelea se erigen como fuentes de restitución del lugar de poder reclamado, (Rodríguez, 1997). La aparente desatención a los límites del cuerpo y su vulnerabilidad, tanto a nivel empírico como textual, implica de manera directa a la idea de una masculinidad que requiere de una demostración contínua, puesto que al hombre patriarcal se le prohíbe atender a su faceta afectiva y la admisión abierta de sus necesidades de apoyo y protección. Por lo tanto, ser hombre conllevará el participar activamente de las vivencias y ritos de las masculinidades aprobadas y legitimadas por el patriarcado; ser ejemplo de lo humano y ejercer la autoridad sobre el mundo; a riesgo de todo, menos de su masculinidad:

“La Poesía es un arma cargada de futuro”, escribió Gabriel Celaya. Y el futuro es de los jóvenes, podríamos agregar. […] Y se lucha con lo que se tiene, y en lo que tenemos (sea lo que sea) nos debemos a los demás hombres. […] Lo único que pedimos es que, si en nuestra época la rosa está chamuscada de pólvora y oliente a sangre, no se nos eche la culpa.” (Junta Editora, 1966, 2.)

“Los colaboradores de Guajana, como grupo particular de la nueva [j]ornada de obreros de la literatura puertorriqueña, queremos ser de los más seriamente sometidos al enjuiciamiento. Para eso están abiertas estas páginas. Que no tarde.” (Junta Editora, 1966, 1.)

“Testimonio de lo que decimos, son estas páginas que se abren con un vigoroso mensaje de patria […] ¡He aquí firmemente unidas la antorcha de la Poesía y de la Guajana! Son nuestro mensaje. Parte de nuestras armas.” (Junta Editora, 1967, 1.)

[…] “nuestra particular cosmovisión, nuestra particular filosofía del hombre y del mundo; del dulce-amargo devenir histórico de nuestro ser colectivo, la décima popular ha sido la forma de expresión más auténtica de nuestra Patria.” (Junta Editora, 1968, 1.)

Otro punto que vale destacar en los editoriales se fundamenta en la rivalidad explícita frente a una de sus otredades, entiéndase la de la metrópoli norteamericana y el sector académico. Aunque el discurso masculino fundacional de la autoridad blanca avala la idea de que sean los hombres quienes controlen el mundo y todo lo concerniente a su producción económica e intelectual, no incluye dentro de su agenda al sector proletario ni a las voces populares como copartícipes del proyecto fundacional de la Nación Puertorriqueña y todo lo aceptado como propio de su identidad. Dicha disparidad se incrementa con la idea existente sobre los clásicos literarios como “verdad absoluta” y la proliferación de lecturas panegiristas posteriores. (Gelpí, 1993). Para salvar la desventaja que presupone el participar de una ideología político-social encontrada con los estándares de la oficialidad en poder, la voz editorial recurre a una exageración de los atributos de su masculinidad para desfalcar el prestigio de su contrario, enfrentándolo con sus propias faltas para con la misma. Lo ficha de traidor frente a la ética humanista igualitaria que está supuesta a imperar en los mundos civilizados y moralmente correctos, haciendo hincapié en el descuido craso de los atributos o procederes que son propios del ser hombre; lo cual implica ejercer el poder y pautar la dirección correcta del quehacer intelectual puertorriqueño.(4) La voz editorial tilda a otros poetas y escritores de “reaccionarios, cobardes, cultores de la sombra y la mierda lírica”, por no darse a la misión de solidarizarse con la expresión popular. Por otra parte, otorga privilegios a aquellos intelectuales que se pronuncian como “poetas de la realidad, del vaticinio, de lo radical y originario”, preservando así la propuesta original del discurso paterno filial como eje fundacional, aunque se vislumbre el derrocamiento del viejo patriarca para dar paso al nuevo. (Junta Editora, 1967, 1.) La idea de amenaza contra el orden patriarcal cobra fuerza en la constante preocupación por preservar lo que se entiende como lo propio, lo autóctono, lo verdaderamente valioso de su existencia: el criollismo. Cada señalamiento está permeado de una burla incisiva a las maneras y expresiones del rival, ya que –según expresa el mismo discurso editorial– se acercan peligrosamente a la esfera de otro de sus opositores; un sector que se considera como el más débil dentro de dichas escalas de valores: las mujeres y el espacio de “lo femenino”. Es precisamente la exaltación desaforada de los valores masculinos del discurso editorial lo que deja ver su terror a ser vencido por esa otra vertiente; a confundirse con ella, a mirarse en ese espejo que no es un otro u otra, sino el reflejo de la propia interioridad, una entidad permeable, sensible y hasta penetrable, ya de por sí sometida a su total negación:

“Nuestra cultura sigue amenazada […] Defenderla es labor que nos corresponde a todos […] Llorens […] como hombre de letras ante el problema nacional, clamó con firmeza por la independencia patria. Su canto viril de libertada se confunde con el del gallo nuestro en desafío” (Junta Editora, 1963, 1.)

“Cuando un hombre se ve privado de los pocos valores espirituales que quedan […] le queda su sueño. “Bien entendido sea” no ensueño rosa y vago de las niñas tontas, sino el sueño viril, angustioso, atenazado por el dolor, ascético en su figura y apasionado en su fuego como la voz recia y tajante de un profeta desnudo.” (Junta Editora, 1963, 2-3.)

“Porque ya estamos cansados de que se fosilice el esfuerzo de la Poesía y se la coloque, a semejanza de figurillas de porcelana, en una vitrina para el disfrute de privilegiados”. (Junta Editora, 1966, 2.)

“Bajo el monstruo del capitalismo, los pobres y los explotados no tenemos ni podemos tener descanso. […] El imperialismo no bromea. Cuando mata, mata de verdad. Y no nos puede dejar otra alternativa a los explotados que no sea la de buscar su muerte a como de lugar.” (Junta Editora, 1971, s.p.)

Es, entonces, cuando se puede apreciar más claramente la fisura en el discurso editorial de Guajana, ya que las pugnas de género y el terror de su colectivo masculino a ser neutralizado –dentro de las superestructuras con las cuales interactúa– yace al descubierto. Del desafío enardecido y hasta burlón se pasa al pánico, a la desesperación, ante el cambio inminente que amenaza con rebasar no sólo las barricadas del patriarcado, de la marginalidad, sino también el de la superestructura blanca metropolitana. Tanto el varón no masculinizado como la mujer misma pasan entonces a ser el foco de atención de la entrelínea. El intento casi tartamudo de asimilarlos no apunta precisamente a la representación de un agente usurpador del espacio de poder, sino hacia esa fisura interna que permite el cuestionamiento e incluso la total subversión del discurso patriarcal. No es raro encontrar señalamientos contra la alegada mediocridad del trabajo rival, rebajándolo a partir de la escala de valores que va desde lo absolutamente masculino (“supremo”) hasta lo menos relevante y, por tanto, “afeminado”. Epítetos como “poetiso”, “comadre enojada que no se deja de pendejadas, chismes, enojitos y chanchullos académicos”, en contraste con la alegada necesidad de “obreros de la cultura” e “intelectuales de verdadero valor y valentía” hablan por sí sólos. (Junta Editora, 1974, 1.) La idea de “lo femenino” se usa entonces no para exhaltar cualidades, sino para devaluar, humillar y excluir, al punto de utilizar animalizaciones como la de “rinoceronte de oro”, entre otras. Es así como el discurso patriarcal de los editoriales expía su falta de reconocimiento como totalidad, arremetiendo luego con todas sus fuerzas contra sus disidencias internas, contra los hombres y mujeres que hacen asomo de subvertir su orden, contra la propia fisura que se abre irremediablemente como hueco por donde se escapa el poder o como boca que lo engulle todo (Cruz Malavé, 1997). Ello lo sustenta no sólo la admisión abierta del malestar ante los ataques y burlas sufridos por parte de la crítica burguesa; que no es menos machista. (Junta Editora, 1968, 1.) También, dicho malestar se hace patente en el trance afásico que tiene lugar cuando de nombrar a la mujer se trata. La demarcación genérica con base en un orden masculinofemenino polarizado del discurso, se ve vulnerada. La expropiación de la mujer de su corporeidad, la letra, los códigos y la lengua (para empujarla hacia un ser de otros y para otros) contribuye en gran medida al ausentismo o reconocimiento dispar de su contribución al discurso editorial; mostrándola como una entidad sujeta al dominio varonil, y presentándo el tokenismo de su voz como ejecución justa y equitativa (Lagarde, 1997). El acto de nombrar a la mujer va cargado de toda una gama de contradicciones que van desde la denuncia de su opresión hasta su escasísima mención en el campo de la crítica. Por ejemplo, en uno de los números dedicado a Julia de Burgos queda probado el tambaleo verbal, cuando en lugar de llamarla poeta simple y llanamente, se recurre a las muletillas de “mujer poeta”, “poetisa” y hasta “amanecida del amor”; sin contar con la degradación que se hace de su trabajo retórico, basándose en criterios meramente biográficos. Todo queda mediatizado por la visión patriarcal, desde la cual la mujer independiente se tacha como desdichada dentro del espacio de la calle, mismo que está supuesto a ser exclusivo de los hombres:

“Triste concebirla vagando y haciendo toda clase de trabajos para poder mantenerse, triste sentirla sin hogar, de apartamiento en apartamiento, triste pensarla de hospital en hospital, enferma, y más triste aun el sentirla caer en una calle, sola, sin identificación, un cuerpo más que se desploma en la avenida de una ciudad sin rostro... fría.” (Junta Editora, 1964, 4.)

Resulta un tanto irónico que la voz editorial haga denuncias contra el menosprecio de “las concepciones feudales de la España burguesa y los Estados Unidos” frente al quehacer intelectual de la mujer, cuando la sigue concibiendo como compañera del hombre y para el hombre; paridora y criadora de las nuevas generaciones.

La mención esporádica de figuras de avanzada como Luisa Capetillo, Margot Arce de Vázquez y Concha Meléndez, entre otras, puntualiza lo ya comentado. Se habla de la hipocresía racista y del doble filo del proyecto abolicionista de la esclavitud negra en Puerto Rico, pero sigue vigente la visión patriarcal que busca autorizarse (mediante la devaluación de otras realidades), celebrando lo recio y vigoroso en unos hombres y degradando lo bello y alternativo en otros. Lo que se concibe como buena literatura pasa, entonces, a metafo rizarse como bala y arma de combate; una marca más del ser hombre. Ello se ve claramente en el afán de negar tangencias con otras corrientes, concepciones y corporeidades –salvo con aquellas que participan del código patriarcal y sus juicios valorativos–, al punto de trasladar toda gesta intelectual y creativa al espacio de lo genital (Ramírez, 1993). La voz editorial de Guajana así lo afirma:

“Nuestro arte seguirá con los puños y la cabeza en alto, aplastándo con su verdad a todos los maleantes líricos [...] Los cobardes, como decía Miguel Hernández, hace tiempo que nos duelen en los cojones del alma.” (Junta Editora, 1974, s.p.)

Aún hoy día, el discurso patriarcal ha mostrado poseer una capacidad camaleónica de regeneración y readaptación en el ámbito de nuestra literatura. Mediante el rescate del compromiso para con el independentismo socialista y la expresión popular, la voz editorial pretendió establecerse como fuente única y verdadera de todo conocimiento y quehacer cultural. Dicho enfoque centraliza al sujeto masculino como rector y cursor de la producción intelectual del país. Muy hábilmente ha disfrazado sus miedos y complejos de novedad ideológica, principio ético-moral supremo, etc., sublimando así sus ambiciones de lucro y de poder. No sólo contiene dentro de sí todas las fobias que entorpecen nuestra evolución cultural (el miedo a la miseria de género, al gay, a la lesbiana, al cambio social) sino que limita las posibilidades de acceder a una realidad empírica mucho más fértil y provechosa para nuestro quehacer literario. A la luz de los planteamientos críticos de Marcela Lagarde, es el miedo de género lo que nos coarta de poder aunarnos cómodamente con otros, en lugar de seguir sometiéndonos a la inanidad y al cinismo que conlleva el asumir las estructuras discursivas del patriarcado. Nuestra ruptura con la mitificación del sueño neopatriarcal, como paradigma de lo eterno y natural, es lo que nos abre las puertas a la nueva era. Reconozco la contribución del colectivo Guajana, en tanto “ha convocado, ha luchado incesantemente, y ha acercado la poesía al pueblo y el pueblo a la poesía”. Pero también deja la brecha abierta para una nueva producción intelectual y nos pasa el relevo.

La crítica actual cuenta con herramientas teóricas muy eficaces para enfrentar la disyuntiva, entre asumir una postura pasiva ante la producción literaria o atrevernos a seguir creando alternativas, como lo han hecho los escritores de las épocas más recientes. Es innegable que el discurso editorial de la revista literaria Guajana deja ver la fisura que delata su calidad marginal y marginalizadora, frente a otro poder mayor; tomando como pretexto las demarcaciones tajantes de género (de por si artificiales) entre hombres y mujeres. En fin, ya no vale la pena que sigamos considerando dichas demarcaciones como lecturas absolutas del mundo y centro de nuestras identidades.


Notas

En sus comienzos, la junta editora de Guajana la integraron Vicente Rodríguez Nietzsche (Director), Gamaliel Pérez (Editor), Juan E. Mesetas (Sub-Editor), Edgar López (Tesorero), e Irmgard Iglesias (Secretaria). Aunque la membresía varió a través del tiempo, el colectivo pasó a ser y se mantuvo integrado (salvo en las colaboraciones) exclusivamente por hombres.

Entiéndase la mujer, el varón no masculinizado, su rival “par” en el sector académico y la nueva metrópoli norteamericana.

La evocación de la imagen emblemática del jíbaro –más que pretender elevarse como representación de un Puerto Rico ya industrializado– funge como mero simbolismo en la pluma de los escritores educados de la urbe, cuya presencia domina a través de sus juicios valorativos implícitos.

Dentro del aspecto literario, se alude mucho a la poesía como una actividad humana, “hecha por hombres y para hombres, dueños absolutos del mundo, del lenguaje y sus códigos.”


Referencias

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