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LOS EDITORIALES DE
GUAJANA: COMO SE CONSTITUYEN EN DISCURSO FUNCIONAL ALTERNO Y
EXPRESAN TERROR A SUS OTREDADES, DESDE SU CORTE PATRIARCAL
Alan Figueroa Cruz
“Marginadas estamos desde que
el
cromañón nos prohibía hacer dibujitos
en las paredes de las mejores cavernas.
Lo único que ha cambiado es
que ahora lo sabemos.”
ANA LYDIA VEGA
“Más adelante, en una sociedad más
perfecta, otro habrá igual que yo
que aparecerá y actuará libremente.”
CONSTANTINO CAVAFIS
Sumario
La revista de poesía Guajana fue una de las producciones
culturales más conocidas y controversiales de su tiempo. Su
corte fundacional como emblema de lo puertorriqueño, al
igual que su compromiso con la libertad de expresión y la
ideología política independentista, colocaron al colectivo
de Guajana en la mirilla de todos sus seguidores y
detractores. Sin embargo, en los editoriales de dicha
revista, donde se despliega su propuesta renovadora y hasta
iconoclasta para con el quehacer literario puertorriqueño,
se pueden percibir las fisuras que delatan la calidad
marginal de su discurso ante las autoridades académicas de
mayor jerarquía y la opresión de la metrópoli norteamericana.
Más interesante aún resulta la lectura de dichos editoriales
como testimonio de un orden masculinista aterrado, no sólo
ante la incursión de la mujer y el varón no masculinizado en
los espacios de acción social y cultural que le fueran
vedados, sino también frente a la caída inminente del poder
masculino que enmascara sus más agudas precariedades. Ello
resulta más evidente en la manera mediante la cual la voz
editorial trata de oprimir y ridiculizar a sus contrarios.
Lo que antes fuera la afirmación de un sentido de calidad y
compromiso para con la buena literatura en los editoriales
de Guajana, pasa a convertirse en la queja de uno de los
tantos colectivos ignorados y vilipendiados que integran al
bando de los marginados; que a su vez reproduce en sus
prácticas persecutoras y excluyentes las mismas actitudes
represivas que antes criticara en sus detractores blancos,
letrados e imperialistas.
Abstract
The poetry journal, entitled Guajana, became known as one of
the most controversial cultural productions of its time.
Founded as a symbol of the Puerto Rican culture, it was
committed to defend the ideals of freedom of speech as well
as the separatist political values, elements that placed the
writers of Guajana in the peephole of its readers and
critics. Nevertheless, within the editorials of this
journals of this journal, an innovative proposal of Puerto
Rican literature was displayed, one that shows a marginal
discourse characterized by a confronting academic speech
that denounced the oppression of higher authorities and
impositions the North American metropolis values. Also, the
reading of its editorials evidenced a terrifying testimony
of a masculine order, not only because of the women and not
so masculine men in the social and cultural settings, but
because of the imminent fall of the masculine power that hid
its most precarious situation at the time. This is the most
evident in the way editorial voice tried to oppress and
ridicule its opponents and critics. The editorials in
Guajana were transformed from an affirmation of quality and
commitment to good literature to a mechanism of complaint,
used by one of the most ignored collective groups composed
those belonging to the marginal side. Thus, Guajana ended up
reproducing, in its persecution and exclusion practices, the
same attitudes and mechanisms of repression once criticized
as being used by the imperialists, whites and erudite
detractors.
Para leer mejor la presencia del discurso patriarcal en los
editoriales de la revista literaria Guajana, es necesario
indagar en la propuesta socio-cultural que sustenta su
andamiaje crítico. A primera vista se resalta su perfil como
discurso fundacional. La voz editorial pretende establecerse
como fuente única y verdadera de todo conocimiento y
quehacer cultural, requiriéndo la asunción de un compromiso
para con el independentismo socialista y el rescate de la
expresión popular como emblemas de calidad. Eventualmente,
dicho enfoque emblemático se transformará en la
centralización del sujeto masculino como rector y cursor de
la producción intelectual del país. (1) Resulta obvia su
reacción contra el canon de la escuela Graduada de Estudios
Hispánicos; asociada a la corriente hispanófila, y a su vez
enfrentada con los intereses colonialistas de la nueva
metrópoli norteamericana. Sin embargo, el discurso editorial
deja ver una fisura en su armazón retórico que delata su
vulnerabilidad (en tanto se declara actividad marginal
frente a un poder de mayor autoridad). Incluso, adopta las
mismas prácticas de censura, que antes denunciara en las
llamadas “vacas sagradas” de la crítica, contra toda
disidencia interna. Además, apenas destaca la contribución
de la mujer en el campo de las letras, a la cual nombra a su
modo con el fin de controlarla. A la luz de los
planteamientos críticos de Marcela Lagarde, María Elena
Rodríguez, Rafael L. Ramírez y Arnaldo Cruz Malavé,
probaremos que los textos editoriales de Guajana son
testimonios de un colectivo patriarcal que ambicionó
constituirse en autoridad del quehacer cultural
puertorriqueño, y que vivió aterrado ante la idea de ser
absorbido por las otredades(2) que pusieron en tela de
juicio las bases de su poder.
Dentro del mundo patriarcal, el acceder al poder de las
letras y demás instituciones requiere el ingreso de sus
miembros a una estructura social dentro de la cual los
hombres (en tanto sexo y género “fuerte’’) son privilegiados,
siempre y cuando cumplan con una serie de requisitos
preestablecidos como signos de su identidad (entiéndase la
valentía, el vigor corporal, la fuerza bruta, la negación de
los sentimientos y vulnerabilidades, la pasión por el
combate y la inteligencia). La genealogía patriarcal pauta
dentro de su línea de sucesiones la relación directa con la
figura de mayor autoridad –el padre, logos, mentor o
antecesor– mediante el ejercicio de la actividad que
garantiza el sitial de los eventuales herederos que
perpetuarán su orden: el trabajo. Desde el sector agrario y
proletario, hasta las estructuras de ejercicio más
sofisticadas, se demarcan los rasgos de “responsabilidad” y
“valentía” como cualidades indispensables en los hombres
para trazar el nexo hereditario con la fuente primaria. Lo s
futuros herederos aprenden los códigos, reforzados con la
idea de gratitud y deuda para con la figura o figuras
ejemplares que forjaron su formación. Toda masculinidad y su
poder en la cultura –sea ésta intelectual o de masas– está
basada en la sujeción a las pautas y jerarquías verticales
de la ley del padre.
La noción del deber para con la heredad masculina en los
editoriales de Guajana resulta más que evidente, dado que
dicho colectivo se autoproclama como continuación de la gran
misión educadora y propagandista de la letra del páter o
logos, además de adoptar los mismos atributos de
contundencia, fuerza y vigor de la identidad masculina en la
construcción de su discurso:
“Pero, cuando menos,
habremos cumplido con nuestro deber de generación, sí.
Porque cada generación tiene mucho que dar y decir
siempre y cuando y en la medida en que es auténtica y no
se falsifica.” (Junta Editora, 1962, 2.)
“El tiempo va aclarando nuestras voces pasadas. Voces
que van haciendo nuestra vida, nuestra historia.
Recogerlas y darlas a conocer es labor que concierne a
las nuevas generaciones.” (Junta Editora, 1963, 1.)
“Es la primera reconocer colectivamente, públicamente, a
nuestro Maestro en Don Pedro Albizu Campos. Si algo
necesita vitalmente nuestra juventud puertorriqueña es
un Maestro.” (Junta Editora, 1966, 1.)
“Cada generación de hombres que nace tiene que buscar y
descubrir una verdad histórica que realizar, cumplirla y
llevarla a la praxis, o traicionarla.” (Junta Editora,
1966, 2.)
“Los poetas de Guajana, firmes en esa convicción no
eludimos responsabilidades.” (Junta Editora, 1967, 1.)
A partir de la segunda época,
la voz editorial resalta en su discurso otro de los rasgos
del poder patrilineal: el corte fundacional. Para el hombre
patriarcal es indispensable ejercer posesión sobre cada
parte de su entorno; sus mujeres, sus redes de parentesco,
la lengua y sus códigos, el poder militar, sus rasgos de
género y su visión de mundo; la cual hacen pasar como
postulado universal de la razón ante los ojos de la crítica.
Por otra parte, las expresiones de violencia y vigor
corporal, implícitas en el discurso editorial de Guajana,
apuntan hacia la concepción patriarcal de un “nosotros”
literario que abraza la tradición del macho campesino (3) y
la del proletario, que a punta de machete o de pistola
defiende constantemente la propia hombría frente a su rival.
Tanto la competencia como la pelea se erigen como fuentes de
restitución del lugar de poder reclamado, (Rodríguez, 1997).
La aparente desatención a los límites del cuerpo y su
vulnerabilidad, tanto a nivel empírico como textual, implica
de manera directa a la idea de una masculinidad que requiere
de una demostración contínua, puesto que al hombre
patriarcal se le prohíbe atender a su faceta afectiva y la
admisión abierta de sus necesidades de apoyo y protección.
Por lo tanto, ser hombre conllevará el participar
activamente de las vivencias y ritos de las masculinidades
aprobadas y legitimadas por el patriarcado; ser ejemplo de
lo humano y ejercer la autoridad sobre el mundo; a riesgo de
todo, menos de su masculinidad:
“La Poesía es un arma
cargada de futuro”, escribió Gabriel Celaya. Y el futuro
es de los jóvenes, podríamos agregar. […] Y se lucha con
lo que se tiene, y en lo que tenemos (sea lo que sea)
nos debemos a los demás hombres. […] Lo único que
pedimos es que, si en nuestra época la rosa está
chamuscada de pólvora y oliente a sangre, no se nos eche
la culpa.” (Junta Editora, 1966, 2.)
“Los colaboradores de Guajana, como grupo particular de
la nueva [j]ornada de obreros de la literatura
puertorriqueña, queremos ser de los más seriamente
sometidos al enjuiciamiento. Para eso están abiertas
estas páginas. Que no tarde.” (Junta Editora, 1966, 1.)
“Testimonio de lo que decimos, son estas páginas que se
abren con un vigoroso mensaje de patria […] ¡He aquí
firmemente unidas la antorcha de la Poesía y de la
Guajana! Son nuestro mensaje. Parte de nuestras armas.”
(Junta Editora, 1967, 1.)
[…] “nuestra particular cosmovisión, nuestra particular
filosofía del hombre y del mundo; del dulce-amargo
devenir histórico de nuestro ser colectivo, la décima
popular ha sido la forma de expresión más auténtica de
nuestra Patria.” (Junta Editora, 1968, 1.)
Otro punto que vale destacar
en los editoriales se fundamenta en la rivalidad explícita
frente a una de sus otredades, entiéndase la de la metrópoli
norteamericana y el sector académico. Aunque el discurso
masculino fundacional de la autoridad blanca avala la idea
de que sean los hombres quienes controlen el mundo y todo lo
concerniente a su producción económica e intelectual, no
incluye dentro de su agenda al sector proletario ni a las
voces populares como copartícipes del proyecto fundacional
de la Nación Puertorriqueña y todo lo aceptado como propio
de su identidad. Dicha disparidad se incrementa con la idea
existente sobre los clásicos literarios como “verdad
absoluta” y la proliferación de lecturas panegiristas
posteriores. (Gelpí, 1993). Para salvar la desventaja que
presupone el participar de una ideología político-social
encontrada con los estándares de la oficialidad en poder, la
voz editorial recurre a una exageración de los atributos de
su masculinidad para desfalcar el prestigio de su contrario,
enfrentándolo con sus propias faltas para con la misma. Lo
ficha de traidor frente a la ética humanista igualitaria que
está supuesta a imperar en los mundos civilizados y
moralmente correctos, haciendo hincapié en el descuido craso
de los atributos o procederes que son propios del ser
hombre; lo cual implica ejercer el poder y pautar la
dirección correcta del quehacer intelectual puertorriqueño.(4)
La voz editorial tilda a otros poetas y escritores de
“reaccionarios, cobardes, cultores de la sombra y la mierda
lírica”, por no darse a la misión de solidarizarse con la
expresión popular. Por otra parte, otorga privilegios a
aquellos intelectuales que se pronuncian como “poetas de la
realidad, del vaticinio, de lo radical y originario”,
preservando así la propuesta original del discurso paterno
filial como eje fundacional, aunque se vislumbre el
derrocamiento del viejo patriarca para dar paso al nuevo.
(Junta Editora, 1967, 1.) La idea de amenaza contra el orden
patriarcal cobra fuerza en la constante preocupación por
preservar lo que se entiende como lo propio, lo autóctono,
lo verdaderamente valioso de su existencia: el criollismo.
Cada señalamiento está permeado de una burla incisiva a las
maneras y expresiones del rival, ya que –según expresa el
mismo discurso editorial– se acercan peligrosamente a la
esfera de otro de sus opositores; un sector que se considera
como el más débil dentro de dichas escalas de valores: las
mujeres y el espacio de “lo femenino”. Es precisamente la
exaltación desaforada de los valores masculinos del discurso
editorial lo que deja ver su terror a ser vencido por esa
otra vertiente; a confundirse con ella, a mirarse en ese
espejo que no es un otro u otra, sino el reflejo de la
propia interioridad, una entidad permeable, sensible y hasta
penetrable, ya de por sí sometida a su total negación:
“Nuestra cultura sigue
amenazada […] Defenderla es labor que nos corresponde a
todos […] Llorens […] como hombre de letras ante el
problema nacional, clamó con firmeza por la
independencia patria. Su canto viril de libertada se
confunde con el del gallo nuestro en desafío” (Junta
Editora, 1963, 1.)
“Cuando un hombre se ve privado de los pocos valores
espirituales que quedan […] le queda su sueño. “Bien
entendido sea” no ensueño rosa y vago de las niñas
tontas, sino el sueño viril, angustioso, atenazado por
el dolor, ascético en su figura y apasionado en su fuego
como la voz recia y tajante de un profeta desnudo.”
(Junta Editora, 1963, 2-3.)
“Porque ya estamos cansados de que se fosilice el
esfuerzo de la Poesía y se la coloque, a semejanza de
figurillas de porcelana, en una vitrina para el disfrute
de privilegiados”. (Junta Editora, 1966, 2.)
“Bajo el monstruo del capitalismo, los pobres y los
explotados no tenemos ni podemos tener descanso. […] El
imperialismo no bromea. Cuando mata, mata de verdad. Y
no nos puede dejar otra alternativa a los explotados que
no sea la de buscar su muerte a como de lugar.” (Junta
Editora, 1971, s.p.)
Es, entonces, cuando se puede
apreciar más claramente la fisura en el discurso editorial
de Guajana, ya que las pugnas de género y el terror de su
colectivo masculino a ser neutralizado –dentro de las
superestructuras con las cuales interactúa– yace al
descubierto. Del desafío enardecido y hasta burlón se pasa
al pánico, a la desesperación, ante el cambio inminente que
amenaza con rebasar no sólo las barricadas del patriarcado,
de la marginalidad, sino también el de la superestructura
blanca metropolitana. Tanto el varón no masculinizado como
la mujer misma pasan entonces a ser el foco de atención de
la entrelínea. El intento casi tartamudo de asimilarlos no
apunta precisamente a la representación de un agente
usurpador del espacio de poder, sino hacia esa fisura
interna que permite el cuestionamiento e incluso la total
subversión del discurso patriarcal. No es raro encontrar
señalamientos contra la alegada mediocridad del trabajo
rival, rebajándolo a partir de la escala de valores que va
desde lo absolutamente masculino (“supremo”) hasta lo menos
relevante y, por tanto, “afeminado”. Epítetos como “poetiso”,
“comadre enojada que no se deja de pendejadas, chismes,
enojitos y chanchullos académicos”, en contraste con la
alegada necesidad de “obreros de la cultura” e
“intelectuales de verdadero valor y valentía” hablan por sí
sólos. (Junta Editora, 1974, 1.) La idea de “lo femenino” se
usa entonces no para exhaltar cualidades, sino para devaluar,
humillar y excluir, al punto de utilizar animalizaciones
como la de “rinoceronte de oro”, entre otras. Es así como el
discurso patriarcal de los editoriales expía su falta de
reconocimiento como totalidad, arremetiendo luego con todas
sus fuerzas contra sus disidencias internas, contra los
hombres y mujeres que hacen asomo de subvertir su orden,
contra la propia fisura que se abre irremediablemente como
hueco por donde se escapa el poder o como boca que lo
engulle todo (Cruz Malavé, 1997). Ello lo sustenta no sólo
la admisión abierta del malestar ante los ataques y burlas
sufridos por parte de la crítica burguesa; que no es menos
machista. (Junta Editora, 1968, 1.) También, dicho malestar
se hace patente en el trance afásico que tiene lugar cuando
de nombrar a la mujer se trata. La demarcación genérica con
base en un orden masculinofemenino polarizado del discurso,
se ve vulnerada. La expropiación de la mujer de su
corporeidad, la letra, los códigos y la lengua (para
empujarla hacia un ser de otros y para otros) contribuye en
gran medida al ausentismo o reconocimiento dispar de su
contribución al discurso editorial; mostrándola como una
entidad sujeta al dominio varonil, y presentándo el
tokenismo de su voz como ejecución justa y equitativa (Lagarde,
1997). El acto de nombrar a la mujer va cargado de toda una
gama de contradicciones que van desde la denuncia de su
opresión hasta su escasísima mención en el campo de la
crítica. Por ejemplo, en uno de los números dedicado a Julia
de Burgos queda probado el tambaleo verbal, cuando en lugar
de llamarla poeta simple y llanamente, se recurre a las
muletillas de “mujer poeta”, “poetisa” y hasta “amanecida
del amor”; sin contar con la degradación que se hace de su
trabajo retórico, basándose en criterios meramente
biográficos. Todo queda mediatizado por la visión patriarcal,
desde la cual la mujer independiente se tacha como
desdichada dentro del espacio de la calle, mismo que está
supuesto a ser exclusivo de los hombres:
“Triste concebirla vagando
y haciendo toda clase de trabajos para poder mantenerse,
triste sentirla sin hogar, de apartamiento en
apartamiento, triste pensarla de hospital en hospital,
enferma, y más triste aun el sentirla caer en una calle,
sola, sin identificación, un cuerpo más que se desploma
en la avenida de una ciudad sin rostro... fría.” (Junta
Editora, 1964, 4.)
Resulta un tanto irónico que
la voz editorial haga denuncias contra el menosprecio de
“las concepciones feudales de la España burguesa y los
Estados Unidos” frente al quehacer intelectual de la mujer,
cuando la sigue concibiendo como compañera del hombre y para
el hombre; paridora y criadora de las nuevas generaciones.
La mención esporádica de figuras de avanzada como Luisa
Capetillo, Margot Arce de Vázquez y Concha Meléndez, entre
otras, puntualiza lo ya comentado. Se habla de la hipocresía
racista y del doble filo del proyecto abolicionista de la
esclavitud negra en Puerto Rico, pero sigue vigente la
visión patriarcal que busca autorizarse (mediante la
devaluación de otras realidades), celebrando lo recio y
vigoroso en unos hombres y degradando lo bello y alternativo
en otros. Lo que se concibe como buena literatura pasa,
entonces, a metafo rizarse como bala y arma de combate; una
marca más del ser hombre. Ello se ve claramente en el afán
de negar tangencias con otras corrientes, concepciones y
corporeidades –salvo con aquellas que participan del código
patriarcal y sus juicios valorativos–, al punto de trasladar
toda gesta intelectual y creativa al espacio de lo genital (Ramírez,
1993). La voz editorial de Guajana así lo afirma:
“Nuestro arte seguirá con
los puños y la cabeza en alto, aplastándo con su verdad
a todos los maleantes líricos [...] Los cobardes, como
decía Miguel Hernández, hace tiempo que nos duelen en
los cojones del alma.” (Junta Editora, 1974, s.p.)
Aún hoy día, el discurso
patriarcal ha mostrado poseer una capacidad camaleónica de
regeneración y readaptación en el ámbito de nuestra
literatura. Mediante el rescate del compromiso para con el
independentismo socialista y la expresión popular, la voz
editorial pretendió establecerse como fuente única y
verdadera de todo conocimiento y quehacer cultural. Dicho
enfoque centraliza al sujeto masculino como rector y cursor
de la producción intelectual del país. Muy hábilmente ha
disfrazado sus miedos y complejos de novedad ideológica,
principio ético-moral supremo, etc., sublimando así sus
ambiciones de lucro y de poder. No sólo contiene dentro de
sí todas las fobias que entorpecen nuestra evolución
cultural (el miedo a la miseria de género, al gay, a la
lesbiana, al cambio social) sino que limita las
posibilidades de acceder a una realidad empírica mucho más
fértil y provechosa para nuestro quehacer literario. A la
luz de los planteamientos críticos de Marcela Lagarde, es el
miedo de género lo que nos coarta de poder aunarnos
cómodamente con otros, en lugar de seguir sometiéndonos a la
inanidad y al cinismo que conlleva el asumir las estructuras
discursivas del patriarcado. Nuestra ruptura con la
mitificación del sueño neopatriarcal, como paradigma de lo
eterno y natural, es lo que nos abre las puertas a la nueva
era. Reconozco la contribución del colectivo Guajana, en
tanto “ha convocado, ha luchado incesantemente, y ha
acercado la poesía al pueblo y el pueblo a la poesía”. Pero
también deja la brecha abierta para una nueva producción
intelectual y nos pasa el relevo.
La crítica actual cuenta con herramientas teóricas muy
eficaces para enfrentar la disyuntiva, entre asumir una
postura pasiva ante la producción literaria o atrevernos a
seguir creando alternativas, como lo han hecho los
escritores de las épocas más recientes. Es innegable que el
discurso editorial de la revista literaria Guajana deja ver
la fisura que delata su calidad marginal y marginalizadora,
frente a otro poder mayor; tomando como pretexto las
demarcaciones tajantes de género (de por si artificiales)
entre hombres y mujeres. En fin, ya no vale la pena que
sigamos considerando dichas demarcaciones como lecturas
absolutas del mundo y centro de nuestras identidades.
Notas
En sus comienzos, la junta editora de Guajana la integraron
Vicente Rodríguez Nietzsche (Director), Gamaliel Pérez
(Editor), Juan E. Mesetas (Sub-Editor), Edgar López (Tesorero),
e Irmgard Iglesias (Secretaria). Aunque la membresía varió a
través del tiempo, el colectivo pasó a ser y se mantuvo
integrado (salvo en las colaboraciones) exclusivamente por
hombres.
Entiéndase la mujer, el varón no masculinizado, su rival
“par” en el sector académico y la nueva metrópoli
norteamericana.
La evocación de la imagen emblemática del jíbaro –más que
pretender elevarse como representación de un Puerto Rico ya
industrializado– funge como mero simbolismo en la pluma de
los escritores educados de la urbe, cuya presencia domina a
través de sus juicios valorativos implícitos.
Dentro del aspecto literario, se alude mucho a la poesía
como una actividad humana, “hecha por hombres y para
hombres, dueños absolutos del mundo, del lenguaje y sus
códigos.”
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