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Análisis crítico del
libro: Modelos, enfoques y estrategias de supervisión,
Segunda edición Revisada, del Dr. José Acosta Ramos
Por Alicia Castillo Ortiz
La supervisión es uno de los
temas más controvertibles e importantes para el ejercicio
del liderazgo educativo al inicio del siglo XXI. Esto es así,
ya que se han levantado cuestionamientos en torno a la
necesidad de que se continúe con la supervisión en el
proceso educativo, con el propósito de elevar los niveles de
calidad de la educación. Por tal razón, me parece importante
analizar críticamente la segunda edición revisada del libro
Modelos, enfoques y estrategias de supervisión, escrito por
el colega Dr. José Acosta Ramos, y su aplicación al contexto
de la educación en Puerto Rico.
Para cumplir con esta tarea, voy a dividir mi presentación
en dos partes. En la primera, voy a presentar algunas
preocupaciones que tengo en torno a los cambios que han
ocurrido en la administración de las escuelas en Puerto
Rico. En la segunda, voy a analizar la pertinencia de este
libro en el momento histórico que nos ha tocado vivir.
En los últimos años el Sistema Educativo de Puerto Rico,
como el de muchos otros países del mundo, ha estado inmerso
en un proceso de cambio y de reforma en la educación. Con
este proceso el gobierno pretende ofrecer a las escuelas un
grado mayor de autonomía con el propósito de que las
decisiones que tengan que ver con la operación diaria se
tomen en el nivel de la escuela, sin la intervención de
otros niveles de la estructura administrativa jerárquica del
Sistema.
Con este objetivo en mente, se aprobaron las siguientes
leyes: Ley 68 de 1990, Ley 18 del 1993, y Ley 149 del 1999.
Estas leyes transformaron el Departamento de Educación de
Puerto Rico en un sistema compuesto por varios niveles que
apoyan la gestión de alrededor de 1500 escuelas de la
comunidad a las que se les ha conferido cierto grado de
autonomía docente, administrativa y fiscal. En teoría, esto
debiera llevar a las escuelas a mejorar el proceso de
enseñanza - aprendizaje.
Pero, a veces la aspiración no es igual a lo que se obtiene.
Según señalé en mi artículo La administración: Visión y
realidad en el nuevo milenio, publicado en la Revista El
Sol, los cambios que se han llevado a cabo en la última
década han ocurrido de una forma tan abrupta que tanto los
administradores como el resto de los miembros de la agencia
educativa puertorriqueña han tenido grandes dificultades
para ajustarse a los cambios y lograr que todas las partes
del sistema puedan operar de acuerdo a los resultados
esperados. Estos cambios han dado paso a una nueva visión de
lo que debe ser la administración educativa en Puerto Rico y
han traído una nueva realidad para el nuevo siglo.
La nueva visión del Departamento de Educación nos habla de
que la descentralización debe garantizar una administración
más eficiente. Sin embargo, los directores escolares se han
visto en la obligación de asumir una serie de
responsabilidades para las que no estaban preparados
profesionalmente o para las que no cuentan con los recursos
humanos que puedan apoyar la gestión administrativa. Ejemplo
de esto es la administración de un presupuesto con la
responsabilidad de compras, pagaduría y otras tareas afines,
sin contar con un auxiliar fiscal o asistente que asuma
parte de estas funciones. En las conversaciones que he
tenido en el último año con más de 200 directores de escuela
de Puerto Rico, todavía no he conseguido a uno que me diga
que no está cargado de trabajo, que no cuenta con apoyo
suficiente para cumplir con sus nuevas funciones, y lo que
es peor, la mayoría expresa que ahora tienen menos tiempo
que antes para atender el proceso didáctico en su escuela.
Según ellos expresan, una de las tareas que no pueden
cumplir a cabalidad es la de supervisar el proceso docente
para mejorar la calidad de la enseñanza, a pesar de que esa
es una de sus responsabilidades más importantes.
Por otro lado, las nuevas funciones de los Directores de
Escuela de la Comunidad están descritas en la Carta Circular
4-97-98. En la misma, se le asignan al Director 40 funciones
que deberá realizar para garantizar las operaciones
administrativas y fiscales de la Escuela. Esta Carta
Circular alude a que el director será responsable de
facilitar el desarrollo profesional de los maestros, pero no
menciona la supervisión como una de las actividades de ese
desarrollo profesional. Lo mismo ocurre con la Ley 149, Ley
Orgánica del Departamento de Educación y la Ley 158, Ley de
la Carrera Magisterial, que tampoco mencionan la supervisión
como una de las tareas de los directores de escuela de
Puerto Rico. Pero, esta situación no le exime de su
responsabilidad ante el proceso docente, ya que la base de
la reforma educativa es el niño como centro del sistema y la
búsqueda de la excelencia educativa.
Autores como Chiavenato (1995) y McEwan (1998) establecen la
necesidad de que el Director de Escuela asuma el liderazgo
del proceso didáctico para garantizar la efectividad de la
escuela en sus aspectos docentes. Dos de estas funciones son
la supervisión y la evaluación del desempeño de la facultad.
Sergiovanni (1990) fundamenta su posición al respecto
creando un modelo de liderazgo didáctico en el que presenta
que las escuelas tienen la necesidad de un líder que permita
un proceso de enseñanza - aprendizaje efectivo, para el
logro de una escuela de calidad. Sergiovanni y Starrat
(1997) indican que el Director de Escuela requiere tener
unas destrezas que le permitan llevar a cabo las siguientes
tareas docentes:
-
diagnosticar problemas en
la enseñanza
-
evaluar los programas
educativos
-
colaborar en el desarrollo
curricular
-
supervisar a la facultad
-
implantar planes de
desarrollo de la facultad
-
introducir nuevos cambios
y nuevos procesos de acuerdo a las teorías educativas y
a los cambios en la sociedad.
Townsend (1996) y Wiles, J. &
Bondi (1999), al igual que Teddlie (1994) mencionan la
importancia de la supervisión, el monitoreo del proceso
educativo y el apoyo que se debe dar al maestro para su
desarrollo individual en las destrezas necesarias como
asuntos imprescindible s para que se pueda realizar la labor
docente de forma efectiva. Autores como Deal y Peterson
(1990) hacen énfasis en la necesidad de realizar visitas a
la sala de clases para detectar aquellos maestros que
necesiten ayuda en su desempeño profesional, con el
propósito de ofrecerle los recursos, la asistencia técnica o
la coordinación de actividades de desarrollo profesional
necesarias para que el docente pueda subsanar las
debilidades o deficiencias encontradas.
Estos autores y otros como Pajal (1988) y Ramos (1996 y
1999) presentan al director como la pieza clave en ese
liderazgo educativo. El director es la persona más indicada
para colaborar con el maestro en las necesidades que este
presente y le puede ayudar a reflexionar sobre las prácticas
más adecuadas para realizar su trabajo de forma más eficaz.
De esta manera, el maestro lo verá como un colaborador ya
que juntos identificarán las mejores alternativas para el
desempeño futuro y los mejores cursos de acción para el
desarrollo máximo del maestro en el plano personal y
profesional.
Esta situación de supervisión colaborativa no se puede dar
si el maestro entiende que el director tiene la intención de
fiscalizar su trabajo o de menospreciar sus iniciativas. El
director y el maestro tienen que verse en el plano de
colaboradores, y tiene que verse como partes del engranaje
de una verdadera comunidad de aprendizaje.
En una comunidad de aprendizaje el liderazgo es compartido y
el maestro participa en las decisiones gerenciales de la
misma manera que el director participa en las
determinaciones de los aspectos relacionados con la docencia.
También se estimula tanto a los maestros como a los
directores a que enseñen a otros a como enseñar mejor. La
labor principal del director como docente es la de motivar a
los miembros del equipo a que internalicen la necesidad de
mejorar continuamente la calidad del proceso de enseñanza –
aprendizaje. A la vez, se espera que sientan el deseo de
desarrollarse profesionalmente e ir a la par con las nuevas
tendencias y los nuevos retos.
Para esto, tanto Sagor (1992) como Leithwood (1992)
recomiendan a los directores que visiten la sala de clases
lo más frecuentemente posible y que estimulen a los maestros
a visitarse unos a otros en la sala de clases para compartir
ideas. Además les sugiere que ayuden a los maestros a
mantener viva la visión de la escuela y que se reconozca
regularmente a aquellos que han contribuido al mejoramiento
de la misma. Por otro lado, el director deberá realizar
estudios para determinar las necesidades de los miembros de
su facultad y ofrecerle talleres de adiestramiento para
ayudarle a mejorar en las áreas en que presentan debilidades.
Lo ideal es que todos los miembros de la comunidad de
aprendizaje compartan sus talentos y fortalezas para el bien
de todos y que los demás aprendan a través de actividades
formales o simplemente a través del modelaje(Castillo Ortiz,
1999).
Leithwood (1992) establece que el resultado de esta forma de
dirigir es altamente efectivo en las escuelas. Sergiovanni
(1990) sugiere que el efecto de este tipo de liderazgo es
tan positivo que el desempeño de los estudiantes mejora
sustancialmente cuando los maestros y el director trabajan
en un equipo y todos a su vez trabajan unidos en un
mejoramiento continuo del proceso de enseñanza -aprendizaje.
Por esta razón, se recomienda que se analice la importancia
del proceso de supervisión reflexiva y colaborativa como una
herramienta imprescindible para el buen funcionamiento de
las Escuelas de la Comunidad en Puerto Rico. Este proceso de
reflexión puede contribuir tanto al desarrollo profesional
de los maestros (Ramos, 1999) como al de los directores
ayudándoles a convertir sus escuelas en comunidades de
aprendices que se destaquen por la calidad del proceso de
enseñanza - aprendizaje. Es en este punto que presento la
pertinencia del libro Modelos, enfoques y estrategias de
supervisión escrito por el Dr. José Acosta. Este libro es
una fuente de información e inspiración tanto para los que
se están estudiando administración y supervisión educativa
como para los directores que necesitan actualizar sus
conocimientos para atender los nuevos retos que le presenta
su rol. En la página 22 del libro, Acosta dice y cito: “Los
objetivos de la supervisión pretenden ayudar al maestro en
la identificación de aquellos aspectos propios de su
ejecución que requieren mejorarse.” Y, en la página 20,
indica que “los maestros deben saber de antemano qué se
espera de ellos. El respaldo y apoyo a sus esfuerzos por
parte del supervisor debe ser constante”. Con estas
aseveraciones, Acosta defiende la importancia del proceso de
supervisión y la necesidad de llevarlo a cabo con
regularidad. Además establece la relación entre enseñanza y
aprendizaje, ya que si el proceso que llevan a cabo los
maestros no es el más apropiado, no se puede esperar el
máximo del aprendizaje en los estudiantes. Por otro lado, en
las páginas 28 y 29 establece que “la supervisión y la
evaluación son funciones diferentes, ya que la supervisión
es una función de liderato que se utiliza para apoyar al
maestro en su gestión docente y la evaluación es una función
valorativa que se utiliza para emitir juicios y calificar la
labor del maestro. Por lo tanto, el director no debe
confundir ambas funciones y debe atender con prioridad el
proceso de supervisión para que el maestro sienta el apoyo y
la colaboración para obtener el producto más adecuado del
proceso de enseñanza- aprendizaje, sin tener la presión de
que lo están evaluando.
El capítulo III de este libro es un banquete al que no deben
faltar ninguno de los directores bien comprometidos con su
trabajo que luchan diariamente por sobrevivir en un empleo
con múltiples funciones. En el capítulo “La supervisión como
proceso facilitador en la escuela de la comunidad”, se
establece con claridad la importancia de la supervisión para
el logro de las metas educativas de la escuela. La Carta
Circular 2-97- 98 establece que el proceso de supervisión,
el cual se entiende como uno de facilitación y asistencia
técnica, se encaminará hacia el desarrollo profesional de
los maestros. Esto se señala en la Ley 149 y se apoya con la
Ley 158, que mencioné anteriormente. Por lo tanto, Acosta
explica en las páginas 80 a 83 que “en las escuelas de la
comunidad, el proceso de supervisión rompe con el esquema
tradicional y burocrático basado en jerarquía y
fiscalización, y se convierte en uno de colaboración, en una
posición de igualdad y respeto, la cual propicia la
profesionalización y el apoderamiento del maestro.” Plantea
además que “los esfuerzos entre el facilitador y el maestro,
para ser exitosos, requieren de cambios de conducta y de
actitudes de ambas partes, lo cual resulta, en sus inicios,
incómodo y amenazante para los concernidos. La autoridad del
liderazgo del director no se logra mediante imposición, sino
a través de la cooperación. La cooperación crea una nueva
clase de autoridad.”
Esta visión del proceso que nos presenta Acosta es una
visión muy valiente que está muy a tono con todas las
tendencias contemporáneas en el campo de la educación, pero
que todavía choca con los estilos tradicionales que permean
a través de la mayoría de las escuelas en Puerto Rico. Un
cambio en la estructura de la organización no garantiza que
las personas cambian su visión sobre el proceso educativo ni
sus actitudes (Castillo Ortiz, 2000) y mucho menos rompe con
un siglo de tradición de cómo llevar a cabo el proceso de
supervisión en las escuelas del país.
Por tal razón, Acosta indica en la página 99 que “este tipo
de participación, el cual cambia el papel tradicional del
maestro, requiere su capacitación para que la misma sea
eficaz y eficiente.” Y yo añado, que también hay que
capacitar al director para que pueda desarrollar las
competencias necesarias para apoyar este proceso
adecuadamente.
Por último, en los asuntos que voy a mencionar en esta
sección, Acosta señala en las páginas 111 y 117 que “el
director tiene la responsabilidad de fomentar el desarrollo
analítico - reflexivo del maestro, sirviéndole de guía y
facilitador hasta que lo logre. Esto requiere la creación de
un clima de apoyo y colaboración”. “El análisis reflexivo es
una práctica mediante la cual los miembros de la comunidad
escolar desarrollan un alto nivel de concienciación sobre la
naturaleza y la influencia de su participación en el proceso
de enseñanza- aprendizaje.” Esto quiere decir, que el
proceso de supervisión se convierte en un proceso de
confianza y colaboración entre el director y los maestros o
los maestros entre sí, en la cual se mantiene un alto grado
de colegialidad y en la cual se trascienden las jerarquías y
los motivos personales y se pone de manifiesto la calidad de
la educación como eje de la labor de todos en una comunidad
de aprendices.
Antes de completar mi exposición quiero indicar que este
libro hace un recuento de la literatura más reciente sobre
el tema bajo estudio. Este resume y explica una gran
variedad de modelos y enfoques de supervisión educativa, lo
que le permite al director de escuelas conocer y escoger
entre aquellos que sean más adecuados al nivel de desarrollo
tanto de los directores que van a llevar a cabo la
supervisión como de los maestros, que van a ser partícipes
de ese proceso.
Por otro lado, este libro presenta y explica en detalle una
gran variedad de estrategias facilitadoras del desarrollo
del maestro. El director puede inclusive integrar diferentes
estrategias que permitan mejores oportunidades de desarrollo
del maestro. Además, el libro está escrito para utilizarse
en Puerto Rico, lo cual lo hace más importante para nuestra
realidad histórica y lo convierte en una herramienta
práctica y realista para un director de escuelas que de
verdad quiera convertir su escuela en una comunidad de
aprendizaje.
Referencias
Acosta Ramos, J. (2000). Modelos, enfoques y estrategias de
supervisión, Segunda edición revisada. Puerto Rico:
Publicaciones Yuquiyú.
Castillo Ortiz, A. (2000). La administración: Visión y
realidad en el nuevo milenio. El Sol, Año XLIV, 2, 12-16.
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director ante la efectividad del proceso docente en la
escuela. IREI, Boletín de la Red de Educadores de la Escuela
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Chiavenato, I. (1995). Introducción a la teoría general de
la administración (Villamizar, Germán, Traductor). (4 ed.)
Santefé de Bogotá, Colombia: McGraw Hill Interamericana.
Deal, T. y Peterson, K. (1990). The principal’s role in
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Pajal, E. (1988). Supervision. Educational Leadership, 45,
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2-97-98. San Juan, P.R.: Departamento de Educación.
Puerto Rico: Departamento de Educación. Ley 18 del
Departamento de Educación de Puerto Rico. (16 de julio de
1993). San Juan, P.R.: Departamento de Educación.
Puerto Rico: Departamento de Educación. Ley 68 del
Departamento de Educación de Puerto Rico. (28 de agosto de
1990). San Juan, P.R.: Departamento de Educación.
Puerto Rico: Departamento de Educación. Ley 149, Ley
Orgánica del Departamento de Educación de Puerto Rico. (1 de
julio de 1999). San Juan, P.R.: Departamento de Educación.
Puerto Rico: Departamento de Educación. Ley 58, Ley de la
Carrera Magisterial. (16 de julio de 1999). San Juan, P.R.:
Departamento de Educación.
Ramos, I. (1999). El desarrollo profesional de los
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Ramos, I y otros. (1996). Tendencias y prácticas modernas en
la supervisión educativa. San Juan, P. R.: Publicaciones
Puertorriqueñas.
Sagor, R. D. (1992, February). Three Principals Who Make a
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Sergiovanni, T. J. (1990, May). Adding Value to Leadership
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Sergiovanni, T., J. & Starrat, R. J.(1997). Supervision: A
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Teddlie, C. (1994). The integration of classroom and school
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the Annual Meeting of the International Congress for School
Effectiveness and Improvement, January 1996. (ERIC Document
Reproduction Service No. ED-398-625).
Wiles, J. & Bondi, J. (1986). Supervision: A guide to
practice. Ohio: Charles E. Merrill.
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