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De la
reforma a la innovación: La Universidad de nuevo necesaria
Miguel Ángel Escotet Catedrático
Universidad Internacional de Florida, USA
Introducción
Durante la fase de su mayor expansión y desarrollo, cuando
en las universidades de América Latina y el Caribe se
debatían los conceptos, las preguntas y las respuestas más
irreverentes para encontrar la salida que diera fin a los
gobiernos dictatoriales o que superara, por lo menos, los
efímeros espectros políticos de la época, Ribeiro (1982)
acuñó la idea de que lo central no era ni copiar modelos de
fuera, ni mantener lo que hasta el momento aparecía como uno
de corte tradicional, sino impulsar la creación de una
“universidad necesaria”.
En su propuesta, Ribeiro caracterizaba su modelo de nueva
Universidad como de “utópico” pero no como inviable o de
mera suposición. En su enfoque se trataba más bien de un
referente organizacional, de corte anticipatorio y normativo,
que buscaba apuntar hacia una orientación definida, para
hacer posible un escenario de construcción. En sus palabras:
“Lo anterior exige que, por un lado, el modelo propuesto sea
un patrón ideal y válido en cualquier situación; y, por otro,
que sea un proyecto abierto a la revisión a fin de que pueda
presentarse en cada momento como el objetivo que dará
sentido y justificación a los diversos proyectos concretos
que tiendan a él, como etapas de transición. En estas
condiciones, el modelo teórico deberá antever, a un tiempo,
las exigencias necesarias de una proposición normativa
aunque muy general, y las exigencias ideales de una utopía
tan ambiciosa cuanto sea posible. Sólo una proposición muy
esquemática podrá atender a estos dos requisitos de patrón
normativo y de utopía. Como tal se distanciará
necesariamente de las universidades existentes, pero no a
tal punto que en las mejores de ellas no pueda cristalizarse
como su ideal de reestructuración... En verdad lo que se
propone al formular el modelo es configurar la universidad
necesaria para atender las exigencias mínimas del dominio
del saber científico, tecnológico y humanístico de hoy. La
construcción de, por lo menos, una universidad con tales
características constituye la meta mínima de aspiración
intelectual de toda nación que se proponga sobrevivir y
evolucionar entre las demás, orientando autónomamente su
destino y su desarrollo”.1
En el presente trabajo, se recupera la idea de Ribeiro de
postular como pertinente, de nuevo la construcción de un
modelo de universidad, de una universidad necesaria, y la de
poner en marcha una nueva fase de gran transformación,
similar o más influyente de la que ocurrió con la primera
gran reforma universitaria en la región: la que da comienzo
en 1918 con el movimiento estudiantil de la Universidad de
Córdoba, Argentina, y que se extiende a diversos países de
América Latina y el Caribe.
En la nueva fase en la que nos encontramos, se vive la
reflexión respecto de lo que fueron los años de redefinición
de las relaciones entre las universidades y el Estado, de
ellas con el sector privado y la economía, con los distintos
gobiernos y con determinados organismos internacionales, lo
cual dio cuenta del establecimiento de mecanismos de control
rígido sobre la universidad pública y de flexibilidad hacia
la empresa educativa privada, en un periodo que tuvo como
principal foco de atención, precisamente el de remontar los
principales logros alcanzados por la reforma de la
universidad propiciada por el movimiento Cordobista, y
redefinir los términos de las principales relaciones y
articulaciones con el poder, la empresa y la sociedad, para
sustentar un nuevo modelo de desarrollo, de allí la
caracterización que se hace en este trabajo respecto de este
periodo como de “contrarreforma”.
Como se verá, esto ha tenido resultados diferenciados, pero
poco insistentes por lo menos en la realidad contemporánea
de lo que son las más importantes universidades de la región:
las universidades nacionales o macrouniversidades, que han
desafiado modelos y paradigmas de comercialización y se han
mantenido como prototipo de una originalidad histórica y
presente que sigue proyectando un escenario singular.
Desde este esquema de trabajo es posible diferenciar
claramente tres grandes periodos de desarrollo en la
universidad contemporánea de América Latina y el Caribe. El
primero que surge con el movimiento de Córdoba, y que va de
los años veinte del Siglo XX hasta el agotamiento de la onda
larga de expansión, esto es, hacia mediados de la década de
los setenta. La segunda fase se presenta como de
contrarreforma, que va desde los setenta hasta finales de
los noventa y principios del nuevo siglo. La tercera fase se
abre en la transición de los Siglos XX y XXI, y madura
durante las primeras décadas del 2000.
La Primera Gran Reforma Universitaria en América Latina y
el Caribe
Desde sus orígenes, la universidad latinoamericana y
caribeña fue una institución que reverberó, con su quehacer
específico y con su participación, todos los acontecimientos
políticos y sociales de la época, y se propuso, cuando le
llegó su momento, ser el lugar de donde tenía que partir el
cambio social y la revolución que transformarían todas las
cosas. Este fue el espíritu central del lanzamiento de la
primera gran reforma universitaria, que es lidereada por
actores y sujetos, sociales e institucionales de las
universidades que vienen de la colonia o de la independencia,
las actuales macrouniversidades,2 y que las enlaza y les da
continuidad desde finales del Siglo XIX hacia las primeras
décadas del XX, en una condición de identidad y originalidad.
Lo que dio inicio en el 1918 en la región, fue un movimiento
social y popular surgido desde las universidades primigenias,
que dio origen, identidad y perfil específico al movimiento
estudiantil de América Latina y el Caribe, y lo ubicó como
un sector social de gran impacto en las transformaciones
políticas que desde entonces se presentaron.
Como casi todas las reformas que emergieron de los nacientes
movimientos estudiantiles, su importancia tuvo más
influencia en la vida política y social que en los cambios
académicos y propiamente educativos. No quiere esto decir
que “absolutamente”, se entiende, porque el movimiento
reformista de esa época tuvo importantes consecuencias en lo
referido a una nueva legislación, formas de gobierno,
concepción de la docencia y la didáctica, de las relaciones
de la universidad con la sociedad,3 pero sobre todo se
concentró en la definición de sus relaciones con el Estado.
Todo esto puede ser rastreado en las historias de la época
de las universidades, sobre todo de Argentina, de Perú, de
Colombia, de Cuba y de México.
Uno de los más resonados e importantes logros del movimiento
estudiantil de principios de siglo, fue el de la autonomía
universitaria. Y es éste el concepto más importante, que
debe ser considerado como el componente esencial y
distintivo del paradigma organizacional sobre el cual se
montaron las nacientes universidades latinoamericanas post-coloniales.
Prácticamente diferente a lo que ocurrió en la constitución
de los rasgos sustanciales de otros modelos de universidad
en el mundo.
Fue tal el grado de influencia del concepto autonómico que,
para los años cuarenta, (y aún posteriormente, con la
excepción de lo impuesto durante las dictaduras militares en
el continente) la autonomía era ya una realidad protegida,
alentada y considerada como un componente sustantivo de la
vida de estas instituciones públicas de enseñanza superior.
El otro componente de gran influencia del movimiento
estudiantil reformista en la definición del perfil propio de
las universidades, fue la garantía de la gratuidad-siempre
relativa-y del subsidio del estado hacia el servicio
educativo que se ofrecía. Esto, por lo menos prevaleció
hasta final de los años setenta, lo que sería severamente
cuestionado y debatido a partir de los ochenta.
Entonces si como se ha mencionado, el movimiento de Córdoba
y los movimientos estudiantiles que le siguieron a lo largo
y ancho de América Latina y del Caribe, tuvieron más un
contenido político que académico, también catapultaron un
proyecto de transformación de largo aliento que estructuró
un modelo de universidad, desde la perspectiva de la
institucionalización de una respuesta educativa para la
construcción de un desarrollo diferente:
“Córdoba representa el punto de partida del proceso de
reforma en marcha de la Universidad Latinoamericana,
concebido como un fenómeno continuo (universitas semper
reformada) y destinada a estructurar un esquema original y
adecuado a las necesidades reales de nuestro continente y al
proceso de socialización que inevitablemente transformará
sus actuales estructuras. En este sentido, la Reforma
Universitaria no es una meta sino una larga marcha apenas
iniciada en 1918, que con sus altibajos, retrocesos y
desvíos, va de la mano de la transformación nacionalista y
liberadora que América Latina tanto necesita”.4
Durante las décadas que siguieron al movimiento reformista,
a los años de rebeldía y respuesta social, lo que se conoce
como la Universidad Latinoamericana fue estructurándose como
una abigarrada conjunción de instituciones de carácter
profesionalizante, para la formación de elites con
aspiraciones liberales, centradas en la docencia para su
formación, que se organizaron muy al parejo de la
dependencia cientifico-tecnológica, del subdesarrollo
económico y de una muy limitada democracia. Sin embargo, aun
y con el surgimiento de nuevos tipos de universidades o de
diferentes instituciones de educación superior, las
universidades que sustentaron la reforma de la época, se
erigieron como las instituciones más representativas y las
líderes del sistema de educación de ese nivel, porque
siguieron expresando el proyecto cultural y educativo más
importante de cada país.
Desde principios de las décadas de los cincuenta y sesenta,
la educación superior de la región empezó a cambiar rápida y
notablemente. Esto ocurrió porque aquellos patrones
tradicionales en los que se había sustentado su formación
durante la primera mitad del siglo, empezaron a entrar en
crisis con la emergencia de nuevas demandas del mercado
laboral, por los requerimientos de un nuevo tipo de egreso,
por el impacto de una fase de expansión de la matrícula, por
la emulación a un ideal de “excelencia” sustentado en una
mala copia del esquema de trabajo de algunas universidades
de los Estados Unidos, pero sobre todo, por la idea de que
la universidad era ya la institución por excelencia para
impulsar la modernización económica.
Hasta la década de los años cincuenta -de manera general-,
las universidades públicas y autónomas seguían siendo el
referente casi único de la enseñanza superior, y las pocas
universidades que fueron surgiendo lo hicieron bajo la
imagen y semejanza de sus originales, y se mantuvieron
emulando sus funciones y dinámicas. Esto ocurre en Argentina
cuando para los años cincuenta existían ya 6 universidades,
todas ellas de carácter público, a imagen y semejanza de la
de Buenos Aires. Lo mismo ocurre en México, cuando en 1917
se crea la Universidad de Michoacán, en 1922 la de Yucatán,
y en 1925 la de Guadalajara, aunque ya existía la de Puebla.
Hasta los años 40 en este país, las 9 universidades
existentes ejercían la docencia y sus tareas culturales
imitando el modelo de la entonces Universidad Nacional de
México.
En Chile, de igual manera, para los años 50 existían ya 5
universidades girando alrededor del dominio académico y
profesional de la Universidad de Chile. En Venezuela, junto
con la Universidad Central de Venezuela dos universidades,
la de Mérida (1820) y la de Zulia (1891), aparecían como
representativas de esta misma tendencia.5
El caso atípico es el de Brasil, que organiza su enseñanza
superior en facultades aisladas y no en campus integrados,
por lo menos hasta la primera mitad del Siglo XX. Aun así,
para los años ’20 se crea la Universidad de Río de Janeiro y
en 1927 la de Minas Gerais, para finales de la década de los
cuarenta ya existían cinco universidades. La Universidad de
Sao Paulo se crea en 1934.6
La importancia que tenían las universidades autónomas para
esa época estaba ya dada por su inusitada concentración de
estudiantes, sobre todo en países como Argentina, México,
Brasil, Cuba, Uruguay, Colombia, Chile y Venezuela. Las
universidades que concentraban al mayor número de
estudiantes son las mismas que ahora caracterizamos como
macrouniversidades, a pesar de que éstas en la actualidad
sean conformaciones que no sólo definen su macro-dimensión
por el número de estudiantes, sino también por otro conjunto
importante de indicadores.
Es, sin embargo, durante este trabajo, que las universidades
prototípicas en la región adquieren sus perfiles mas
definidos, y también lo que sería después su más arraigada
identidad compleja. Entre otros de sus rasgos, los
siguientes:
-
Su aceptación a mantener
una relación de control y supervisión del Estado, en
correspondencia con las políticas más generales hacia la
educación superior del país, lo cual se refleja
directamente en sus estructuras de gobierno.
-
El predominio de su
carácter público, gratuito (de forma relativa ) y
nacional.
-
Su autonomía institucional.
-
La dependencia del
subsidio gubernamental.
-
Su carácter predominante
profesionalizante y docente, y por lo tanto la vigencia
de su disciplinarismo.
-
Su incipiente pero
importante desarrollo científico y técnico.
-
Su importancia como
institución que juega un papel politico siempre
relevante.
La transición hacia la modernidad: De las universidades
originales a las macrouniversidades
Desde una visión retrospectiva, las universidades
latinoamericanas y caribeñas, dieron inicio a cambios
extraordinarios y complejos desde los albores de los veinte
hasta los setenta. Su magnitud, por ejemplo, fue uno de los
principales indicadores de ello: la masificación relativa
que ocurrió durante todos estos años creció paralela a su
“diferenciación por segmentación social”, vale decir, no
sólo a una diferenciación por tipos de institución- como
ocurrió en otras latitudes-, sino por la determinación de
éstas de acuerdo a los niveles socioeconómicos de la
población que atendían.
Uno de sus principales componentes fue el de pasar de ser
instituciones dedicadas a la formación de élites
profesionales liberales, a integrar a sus funciones masivas
de docencia, tanto a nivel de pregrado como de posgrado, y
realizar muy importantes tareas de investigación, sobre todo
en lo relacionado a sus componentes básicos, siguiendo un
modelo de oferta, pero con un muy escaso desarrollo en lo
referido a la relación de la investigación con el desarrollo
(I y D), o a la transferencia de conocimientos de base
tecnológica.
Después del periodo de las revueltas de los años veinte
hasta los sesenta, con la consolidación de la idea de
“autonomía” y con el afianzamiento de una estructura
académica y social que posibilitó el tránsito de la (in)
dependencia hacia el subdesarrollo, las universidades de
América Latina, tuvieron su fase más importante de expansión,
que fue extendida como la construcción ideal de su “contemporaneidad”.
Esto constituyó su raigambre social más importante, durante
la década de los cincuenta hasta los setenta. Allí se
establecieron sus principales estructuras
profesionalizantes-disciplinarias, su cobertura hacia las
más diversas áreas del conocimiento y, sobre todo, hacia una
muy efectiva relación con los mercados de trabajo.
Nacidas en la complacencia de una cobertura de identidad
comercial, las universidades se sumaron a los esfuerzos
nacionales de construir un estado moderno y una economía
dependiente, siempre expresados por su propio designo de
definirse como tales; por encontrar también su perspectiva,
que les fue dada por su trabajo arduo en la formación de las
nuevas camadas de profesionales relacionados con
orientaciones como las Leyes, la Medicina, la Ingeniería,
las Humanidades y la Administración, que aparecían como las
carreras de vida más importantes y provechosas para la
pujante clase media de América Latina y el Caribe. Esto
tampoco ocurrió así en otras latitudes.7
Esto hizo que sus orientaciones mas relacionadas con las
aspiraciones de esa creciente clase media urbana,
impulsarían un fuerte sesgo de desigualdad en la cobertura
social de estas universidades, una baja participación
nacional, regional o internacional en la producción de
nuevos conocimientos, y una fuerte relación de dependencia
con los gobiernos en turno, que para bien o para mal,
reprodujo en muchos sentidos un esquema de centralización en
la administración y las formas de gobierno, con rectores
fuertes y estructuras colegiadas en permanente conflicto
alrededor del carácter de su misma representación.
La nueva plataforma de protagonismo político desde las
universidades fue asumida , durante este periodo, primero
por la presión de los estudiantes hacia las mismas; y,
después desde movimientos mas amplios que estuvieron
acompañados por crecientes reacciones del personal académico
y de los investigadores hacia sus perspectivas laborables e
institucionales, en el marco de un mercado ocupacional
universitario que dio nacimiento a la moderna profesión
académica, a instituciones complejas compuestas de
administradores y políticos universitarios de tiempo
completo, y de organizaciones de especialización académica
muy acentuada.
Para entonces, ya avanzado el periodo de expansión, se pensó
que las universidades comenzarían a diluirse y a ser
sustituidas en su importancia por un sistema de
diversificación de la educación superior. A la luz de las
circunstancias actuales, esto no fue así, con todo y que las
universidades públicas entraron de lleno a una fase crítica,
en donde el desencantamiento sobre las mismas cobró mucha
fuerza,8 por un lado por la imagen antiprofesionalizante de
las demandas por mayor número de técnicos, y por otro lado
por la idea (bastante falsa en términos generales) de que la
calidad de la educación superior se encontraba mucho mejor
resguardada y garantizada por las instituciones privadas. El
tiempo daría razón y vigencia a las universidades, las que
con todo y su engrandecido tamaño, sus problemas y sus
deficiencias, se mantuvieron como las instituciones de mayor
preferencia social, las de mayor empuje en la investigación
básica, y las que pusieron en marcha reformas e innovaciones
con un alto sentido de calidad. Así ocurrió, porque en ellas
se concentró lo mejor de la academia y la producción del
recurso humano más importante y representativo de los
cuadros para la propia administración del Estado, de sus
servicios y de la imagen cultural y nacional del sistema;
porque de alguna manera se generaron en ellas algunos de los
conocimientos que permitieron solucionar problemas de salud,
de vivienda, de tecnología, de infraestructura, de educación,
que se relacionaban con la única posibilidad de comprender y
atacar problemas nacionales ingentes.
Las macrouniversidades, entonces, fueron las consentidas de
los regímenes en turno, pero tambien de la oposición, porque
fueron consideradas como los lugares ideales o idóneos para
iniciar las acciones de la revolución. Las
macrouniversidades fueron así, los ejemplos en donde se
presentaron los acontecimientos de clausura y cierre de
universidades por distintos regímenes militares, o bien en
donde se inició la radicalización de movimientos políticos y
sociales de gran envergadura en Venezuela, en Uruguay, en
Chile, en Argentina, en Cuba, en Bolivia, en Perú, en Brasil
y en México, por mencionar algunos casos excepcionales.
Con todo y los altos niveles de conflictividad que
concentraron las macrouniversidades de la región, hacia
mediados de los años setenta, las mismas estaban ya
incorporando cambios en sus estructuras y dimensiones que
tenían que ver con algunos de los nuevos fenómenos que
tocaban a sus puertas, como los siguientes:
-
Nuevos requerimientos de
los mercados ocupacionales.
-
Incorporación de nuevos
segmentos populares y de género, sobre todo de una
fuerte feminización de sus estudiantes.
-
Regionalización y
diversificación de su oferta.
-
Ampliación de su oferta de
carreras, tanto en el pregrado como en el posgrado.
-
Consolidación de sus
funciones relacionada con la investigación científica.
-
Consolidación de sus
plantillas académicas y profesionalización de sus
docentes e investigadores.
-
Consolidación de un cuerpo
profesional de administradores y políticos.
-
Consolidación de recursos
provenientes del erario público.
Durante las décadas de los
sesenta y setenta, las macrouniversidades eran las
instituciones más representativas de la “masificación” de la
educación superior de América Latina y del Caribe. Esta
masificación no fue un producto deliberado ni planificado
por parte de las políticas gubernamentales, ni tampoco por
las propias administraciones universitarias, sino la
consecuencia de una oleada incrementada de demanda social,
sobre todo de la clase media con nuevas perspectivas
económicas, laborales y educativas relacionadas directamente
con la obtención de un título profesional universitario. Las
macrouniversidades fueron los principales recipientes de
este aumento de la demanda social por educación superior,
hasta el límite de sus posibilidades.
Llegado el momento de la saturación (hacia principios de los
años ochenta), dio inicio un periodo diferente de carácter
contraccionista de recursos financieros, que se manifestó en
los “numerus clausus” y en los topes al ingreso hacia
determinadas carreras y áreas de competencia, que fue a la
par de la creación de nuevas instituciones, tanto públicas
como privadas.
En estas nuevas condiciones, las macrouniversidades inician
una serie de cambios internos que favorecen el desarrollo de
su función de investigación y la consolidación de
estructuras importantes postgrado, que las ubican en el
panorama regional como las que concentran este nivel
educativo, primero al nivel de maestrías y luego en el
doctorado. La consecuencia de contar con un gran número de
estudiantes, formar investigadores, ampliar el espectro del
mercado laboral académico, construir la infraestructura
necesaria para la investigación y sostener el crecimiento de
los profesionales de la administración universitaria, se
expresó, sin embargo, en un mayor requerimiento de fondos y
recursos públicos hacia el Estado. Esto condujo
irremediablemente a la crisis de los ochenta en materia de
financiamiento de la educación superior, y de nuevo la
conflictividad se concentró sobre todo en las
macrouniversidades, que comenzaron a ser el lugar donde se
orientaban las críticas hacia su modelo hipertrofiado.
Como se señaló, desde los sesenta y setenta, un naciente
proceso de diferenciación produjo una segmentación de los
canales institucionales que acentuaron las desigualdades de
la base de la sociedad. Aún así, el movimiento de
redefinición de las macrouniversidades no redujo sus
capacidades, su representación nacional, ni sus dimensiones.
En esta nueva etapa, la macrouniversidad siguió
manteniéndose como el paradigma en desarrollo de las
universidades latinoamericanas, pero ingresó a su fase
crítica más importante.
Algunos de los rasgos que empezaron a mostrarse en las
macrouniversidades, como una base que reproducía el
conflicto entre la tradicionalidad y el conservadurismo de
sus estructuras, frente a los nuevos contextos en los que
empieza a producirse y transferirse el conocimiento, fueron
los siguientes:
- Una distribución de la
matrícula por áreas de conocimiento directamente
relacionadas con perfiles de egreso profesionales
saturados; aumento del disciplinarismo y un modelo
académico que separaba las funciones de docencia de la
investigación.
- Organización académica concentrada en las tareas de
formación docente, en la reproducción de un paradigma de
la enseñanza, de la memorización y la repetición.
- Centralismo en las formas de gobierno y de
administración, y la reproducción de relaciones de
constante conflicto/equilibrio con el Estado.
- Centralismo en la reproducción de la expansión y
masificación de las macrouniversidades.9
- Politización: las macrouniversidades fueron el foco de
la disidencia estudiantil, magisterial, de
investigadores, y aún de autoridades, durante el periodo,
y aún después del mismo.
Para algunas
macrouniversidades, el periodo de referencia tuvo sus
momentos de ruptura drástica durante el 1968, y para las que
no ocurrió el acontecimiento, de todas maneras fueron
impactadas por sus consecuencias. Entonces, desde las
principales macrouniversidades distintos pero convergentes
movimientos estudiantiles, magisteriales, y populares
expresaron el sentir de su época, e irrumpieron en las
palestras nacionales de forma contundente.
Las consecuencias del 1968 y de la expansión de las
instituciones, trajeron consigo un nuevo periodo de cambios
en las macrouniversidades de América Latina y del Caribe, en
donde nuevos componentes de organización y funcionamiento
empezaron a impactar a las enormes universidades existentes
de la región. A partir de entonces, con el arribo de la
década de los ochenta, las condiciones de desarrollo ya no
fueron las mismas, en términos de modificaciones
circunstanciales, o de ajuste en las funciones o en los
ordenamientos respectivos, sino dentro de una perspectiva de
cambio estructural.
El periodo de contrarreforma
A partir de la década de los ochenta, se presentaron
importantes modificaciones políticas, sociales y económicas
que desde ya indicaban, por su nivel de calidad, profundas
alteraciones y adecuaciones en los sistemas educativos de
nivel, en la mayoría de los países de la región.
A diferencia de lo que ocurrió en otras latitudes del mundo,
en donde los modelos de educación superior se re-constituyeron
bajo pautas de orientación hacia la diferenciación
institucional en la región, las tendencias y los cambios que
se resintieron, hicieron referencia a un largo periodo de
contracción, que provocó movimientos de adecuación
constantes que alteraron de manera definitiva la relación de
participación y de conducción de los sectores tradicionales,
que deterioraron fuertemente la capacidad de legitimidad de
los órganos de poder, de sus propósitos y sus estrategias.
Tanto los cambios de políticas de los gobiernos, como la
ubicación relativa de los componentes de los sistemas de
educación superior, estuvieron estrechamente relacionados
con el papel asignado por el Estado a las universidades, así
como por su determinación a las políticas macroeconómicas y
a la importancia creciente del conocimiento sobre todo
técnico y administrativo.
Durante la década de los ochenta, pero sobre todo durante
los noventa, la relativa estabilidad en la que los
componentes universitarios y de formación de elites
profesionalizantes venía operando, fue radicalmente alterada.
Uno de los impactos de mayor influencia que se presentaron,
fue la presencia de un conjunto de innovaciones centradas en
la microelectrónica, la informática, la biotecnología, los
nuevos materiales y las nuevas ciencias integradas a la
sociedad y el conocimiento que prefiguraron un paradigma
diferente, desde las perspectivas de las instituciones
sociales (como las universidades públicas de la región), que
tenían como misión la formación de recursos humanos, en su
pasado inmediato, determinadas por un mercado de trabajo
rígido y por una formación disciplinaria cerrada.
Con la necesaria búsqueda de la reorganización de las
principales empresas y sectores productivos y de servicios,
en correspondencia con la nueva base tecno-económica,
presentó una fase de reorganización sustancial de las
esferas socio-isntitucionales que segmentaron los sistemas
de educación superior, propiciaron el desarrollo de la
empresa privada universitaria y potenciaron las bases de un
sistema de profesiones intermedias de formación estrecha.
A partir de esas fechas, se presentó un periodo de
contracción económica de carácter general, conocido
ampliamente como el de la “década perdida” de América Latina
y el Caribe, que se prolongó hasta finales del fin del Siglo
XX. Para entonces el ingreso real por habitante disminuyó de
manera drástica y con ello los recursos públicos orientados
hacia las instituciones de educación superior, sobre todo
hacia las macrouniversidades. El pago de la deuda externa se
convirtió en la prioridad a partir de la cual se definió la
distribución interna de los presupuestos gubernamentales, el
control del déficit fiscal y la inflación.
Desde entonces, se vivió en la región una suerte de euforia
neoliberal que de manera diferenciada pero constante se
expresó en las nuevas confirmaciones de integración
económica en bloques (como el Tratado de Libre Comercio o
NAFTA y el MERCOSUR), en la liberalización de los mercados
de mercados y de mercancías y de capitales, en la
privatización al extremo de las empresas públicas, y en la
apertura de las economías a la inversión de todo tipo. No
obstante, los logros económicos suscitados por estas
políticas no incidieron de forma estructural en el
mejoramiento de la calidad de vida y en el bienestar de las
mayorías de la región, ni en los indicadores generales de
desarrollo humano, incluyendo el de sus niveles educativos;
éstos siguieron siendo precarios, por decir por lo menos. El
balance de estas políticas en la educación, fue señalado por
la UNESCO (2002), en su más reciente informe:
“...la implementación de medidas de austeridad ha
comprometido el acceso, la calidad y la equidad en la
educación. El promedio del tiempo pasado en el sistema
escolar por los cohortes juveniles actuales de América
Latina es de menos de nueve años, siendo éste apenas
superior en año y medio al veinte de años antes. Este
promedio encubre grandes desigualdades derivadas del nivel
de ingreso de los padres y del hecho de vivir en el campo o
en las ciudades, y que muy por debajo de los doce años, que
es, a juicio de la Comisión Económica de América Latina y el
Caribe, el mínimo de educación necesario para ganar un
salario que permita al interesado, entre otros factores
sociopolíticos, liberarse de la pobreza a lo largo de su
vida activa. Como, a juzgar por el indicador compuesto de la
pobreza humana del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), Índice de la Pobreza Humana, que mide las
carencias concerniente a las dimensiones fundamentales del
desarrollo humano, la pobreza afecta a más del 5% de la
población en todos los países de la región, salvo en
Argentina, Costa Rica, Cuba, Chile y Uruguay, y a más del
20% en Bolivia, El Salvador, Guatemala, Honduras y
Nicaragua, resulta preocupante semejante falta de progreso
en el número de años pasado en la escuela”.10
Con todo y estas condiciones, para la década de los noventa,
se volvió a vivir un nuevo crecimiento de la educación
superior, desde otras perspectivas y muy diferente al que
ocurrió durante los cincuenta y setenta –como se sabe, el
crecimiento el PIB durante los noventa en la región fue
apenas un poco superior respecto de los ochenta, hasta
alcanzar una tasa de alrededor del 3%.
Por ejemplo, del 1.9% de personas entre los 20 y 24 años que
estudiaban en la educación superior en la región en 1950, se
aumentó al 20.7% como promedio en 1994, con lo cual la
región entró de lleno al modelo de masificación de este
nivel educativo, con todo y sus importantes diferencias
subregionales por país.11 En ese mismo año, la matrícula
total de la educación superior en los 19 países de América
Latina y el Caribe era de 7,405,257 estudiantes, de los
cuales el 68.5% se localizaba en universidades de carácter
público, el restante se encontraba estudiando en empresas
privadas o en otro tipo de instituciones. El total de
universidades de la región para entonces era de 812.12
A pesar de este crecimiento de las matrículas, de las
demandas sociales y económicas en el periodo, los recursos
con los que contaban las universidades no eran los adecuados
ni los suficientes:
“...en América Latina y el Caribe, la proporción destinada
al gasto en educación superior es menor al 0.9%, a lo largo
de todo el periodo considerado con excepción de Costa Rica y
Venezuela que destinan un poco más de 1%. Se observa un
decrecimiento en la proporción en el transcurso de la década
de los ochenta y una recuperación a finales de la misma, la
cual alcanza los valores de 1980. La variación que se
presenta en los países analizados va de 0.42% a 1.4%. Como
referencia es pertinente señalar que el promedio en los
países de la OCDE para 1992 es de 1.2% con una variación de
0.3% al 2.2%... La inversión pública por alumno de educación
superior, en dólares por año, fue de 1,469 en 1980 y de
1,325 en 1990. Cabe destacar que el promedio por alumno en
los países de la OCDE (1995) es de 7,940 dólares por año,
que representa casi 6 veces más que en los países de América
Latina”.13
Sin embargo, y aun con el incremento del número de
universidades y otros agrupamientos, las macrouniversidades
fueron las instituciones que mantuvieron su nivel de tamaño,
las que reprodujeron un sitio privilegiado en el espectro de
la diversificación y las que llegaron a expresarse, a veces
de forma exclusiva, como las únicas instituciones complejas,
sobre todo por su crecimiento en la investigación y el
posgrado. Destacan en estos aspectos las macrouniversidades
de México, de Brasil y Argentina, y con desarrollos
intermedios las universidades nacionales de Colombia, Perú,
Venezuela, Chile, Puerto Rico y Cuba. Esto significó que las
macrouniversidades de América Latina y el Caribe,
encontraron su propio paso en la lógica de los cambios que
empezaron a ocurrir de forma acelerada a partir de la década
de los ochenta, en el contexto del nuevo debate que giró
alrededor de los conceptos de calidad, transferencia en el
financiamiento, rendición de cuentas, flexibilidad
curricular, equidad y pertinencia, uso y manejo de las
nuevas tecnologías de la información, las telecomunicaciones
y producción y transferencias de nuevos conocimientos, todo
ello dentro de los nuevos ordenamientos jurídicos,
legislativos, políticos y organizacionales.
Las macrouniversidades empezaron a resentir que esto tenía
que hacerse, es decir, iniciar un largo periodo de cambios
de fondo en sus estructuras, en sus sistemas
organizacionales y en su administración y gobierno; en
circunstancias muy difíciles desde el plano político y
económico, sobre todo por la contracción de los recursos
públicos hacia la educación superior, y porque la demanda
social no dejó de seguir creciendo.
Desde el plano más general, durante el periodo considerado,
lo anterior se manifestó en el contexto de la reorientación
del papel del Estado bajo la lógica de un “Estado Evaluador”,
que definió su papel de intervención buscando garantizar
–sin que lo hiciera para sí mismo en su totalidad- elevar
sustancialmente la calidad de los productos de investigación
y de docencia; con lo cual se promovió la competitividad y
las naciones de mercado entre éstas y los institutos
privados. Esto mismo se hizo evidente en las perspectivas de
la acción del Estado hacia el conjunto de las actividades de
producción y generación de conocimientos técnicos y
científicos. Como fue señalado por Dagnino y Thomas (1996):
“La adopción del mercado como criterio básico para la
definición de necesidades y prioridades generó una situación
tal que el argumento de la “eficiencia” de una institución o
una línea de investigación no resulta ya suficiente para
continuar apoyándola. Ahora es la “funcionalidad” de esa
actividad, definida por la colocación de “output” en el
mercado, el principal criterio para determinar la
justificación de la continuidad del financiamiento.
Coherentemente con las determinaciones globales del modelo
neoliberal del Estado –que implican la restricción del papel
subsidiario del mismo a las áreas de seguridad, salud y
educación –la función de promover la generación del saber
científico e innovaciones tecnológicas escapa del ámbito
estatal para insertarse en una problemática esfera
público-privada. Más allá del deficitario ejercicio de
funciones de salud y educación, el Estado Latinoamericano
alcanzó en la última década en la línea de restricción de su
función de ciencia y tecnología. Tres indicadores muestran
esto claramente: a) no se tendió a la creación de nuevas
instituciones; b) el presupuesto de los sistemas de I+D
nacionales se encuentra en estado estacionario; c) se están
instrumentando políticas de desestabilización de unidades de
I+D”.14
Esta reorientación de las políticas estatales hacia la
educación superior, la ciencia y la tecnología permeó todo
el periodo de los ochenta hasta finales de los noventa, con
un giro que implicaba pasar del énfasis en la atención de la
demanda social, de la inversión en la expansión de las
universidades y de la formación masiva de recursos humanos,
a la evaluación, a la acreditación y a la justificación del
destino del gasto público.
De modo paralelo, se dio relevancia a una concepción que
sostenía que el objetivo de las universidades y de las
instituciones de educación superior, debía favorecer los
requerimientos de las empresas, por lo que se promovieron
organismos de vinculación y oficinas de innovación
tecnológica, incubadoras de empresas de base tecnológica y
programas de transferencia de conocimientos que, buscando
emular la tendencia de otros países en este sentido, apenas
alcanzó un desarrollo muy pobre en la región, ubicándose
funcionalmente en algunas instituciones y regiones de un
número pequeño de países. Desde el plano del financiamiento
del Estado, la contracción derivada de las crisis de los
ochenta, impulsó políticas denominadas de “diversificación
de recursos’’, que caminaron paralelas a la baja de los
subsidios gubernamentales, a la proliferación de los
programas de estímulos sectoriales e individualizados hacia
las plantas académicas, y la búsqueda de una ansiada “excelencia’’
que justificara la utilidad del servicio educativo y de
investigación desde la perspectiva de una optimización de
los gastos.
En general, el resultado del balance que puede realizarse
respecto a este giro de las políticas nacionales referidas a
la educación superior, la ciencia y la tecnología en América
Latina y el Caribe es que, sobre la base que las empresas y
las instituciones gubernamentales orientarían recursos
frescos y se diversificarían las fuentes de financiamiento,
se mantuvieron estancadas las inversiones hacia nuevos
campos y hacia una posibilidad de nueva expansión de la
demanda y la oferta; vaya, que se “dejó hacer” con políticas
que se mantuvieron en una suerte de indefinición, pero con
orientaciones de mercado hacia una investigación de
objetivos de corto plazo y de escasa trascendencia.
Frente a ello, las comunidades científicas y académicas
optaron por un patrón de sobre vivencia y sometimiento: “el
autocontrol ejercido por la propia comunidad en términos de
“calidad” de la producción, tiende a evidenciar un “gasto
excesivo” en la base de la pirámide de la comunidad
científica. La elite científica, en su intento de
supervivencia, se somete a las políticas de optimización del
gasto”.15
A partir de entonces, la agenda de las macrouniversidades
empezó a cambiar de forma significativa. De la insistencia
en los temas de atención a la demanda social, del
crecimiento, de la descentralización o de la planeación se
pasó, en el lapso de dos décadas, a la insistencia en temas
como la evaluación y la acreditación, al uso y manejo de la
contracción financiera y a los programas de recursos propios,
a la internacionalización y a la intervención de los
organismos financieros internacionales. Con ello, los
actores tradicionales del cambio en las macrouniversidades,
(los estudiantes y los sindicatos) pasaron a un plano menos
protagónico respecto de las reformas universitarias (se
concentraron en sus reivindicaciones gremiales); pero
emergieron los investigadores, los funcionarios y los
directivos académicos universitarios como los actores más
relevantes en la definición de los cambios internos y
externos de las instituciones. También fueron modificados
los esquemas tradicionales de otorgamiento de los subsidios
federales y de la asignación de los recursos. Las políticas
de diversificación introdujeron una mayor competitividad
entre las instituciones, y surgió la idea de que las
macrouniversidades tendrían que empezar a dejar de ser las
instituciones de educación superior más representativas del
espectro nacional. Por ejemplo, en México, se llegó a decir
que el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores (ITESM),
la institución superior privada más grande del país, ya era
más nacional que la propia Universidad Nacional Autónoma (UNAM).
Aun así, por ejemplo respecto a la capacidad instalada en el
pregrado y sobre todo en el posgrado, en lo referido al
número de investigadores, en el número de proyectos de
productividad científica, en la capacidad cultural de sus
iniciativas, claramente las macrouniversidades se
mantuvieron en el liderazgo del conjunto del sistema de
educación superior, y aún en el del conjunto nacional y
regional. La concentración de investigadores y programas de
posgrado en las macrouniversidades de América Latina y el
Caribe rebasaba desde entonces, con mucho, el espectro
incluso regional. La capacidad instalada que se tenía en la
UNAM, en la UBA, en la Universidad de Puerto Rico, en la
Central de Venezuela, en las universidades centrales de
Brasil, en la Universidad de la República de Uruguay, o en
la Universidad de la Habana, por mencionar algunas cuantas,
no tenía referente en ninguna otra institución pública o
privada de la región, aun en la de sus respectivos países.
De forma paralela, a la ocurrencia de esas mutaciones en las
macrouniversidades, durante la década de los noventa, la
cooperación regional en y desde la educación superior se
intensificó notablemente. Con éxito relativos y con muchos
programas y proyectos en marcha, los temas de movilidad
universitaria, de las equivalencias de títulos y de grados,
de los programas conjuntos en diferentes ámbitos y niveles,
del uso extensivo de nuevas tecnologías, de los programas de
títulos compartidos, del establecimiento de redes y de
programas de trabajo multilaterales, empezaron a cobrar gran
actualidad y desde entonces se convirtieron en parte de la
agenda prioritaria del cambio en las instituciones de
educación superior a nivel regional.
En la práctica y con la excepción de las instituciones de
más baja calidad y menos representativas, la gran mayoría de
las macrouniversidades, empezaron a poner en marcha algún
tipo de relaciones a nivel bilateral, trilateral, y en
algunos casos a nivel sub-regional o regional a lo largo y
ancho de América Latina y el Caribe.
Entre los ejemplos más representativos, lo anterior presentó
directamente con la suscripción del Tratado de Libre
Comercio (TLC o NAFTA) entre los Estados Unidos, México y
Canadá, bajo la forma de nuevos requerimientos para en
cambio en las instituciones universitarias, particularmente
de México, como consecuencia de un proceso inédito de
integración geo-económica que tuvo como eje la movilidad de
los recursos humanos de alto nivel, procesos cada vez más
dinámicos de producción y tranferencia de conocimientos y
tecnologías, y una mayor interdependencia derivada de las
telecomunicaciones y la informática.
Esto obligó a las instituciones de educación superior de
México, a desarrollar políticas de atención a los emigrantes
estudiantiles y académicos, a desarrollar programas
virtuales y a distancia, a flexibilizar sus sistemas de
equivalencias de créditos, títulos y grados, a diversificar
sus ofertas de formación y a buscar ubicarse en sitios de
posicionamiento de prestigio internacional.
A pesar de que el TLC no contempló el tema de la movibilidad
universitaria de forma explícita, si desató una serie de
reuniones y proyectos conjuntos directamente influenciados
por éste. Desde la primera reunión trilateral sobre
cooperación en educación superior, celebrada en Wingspread,
U.S.A., en 1992, las representaciones oficiales de los tres
países, de México, de Estados Unidos y de Canadá,
consideraron que la colaboración educativa trilateral podía
llegar a ser muy benéfica para estos países, para alcanzar
un mejor entendimiento y lograr una asociación más fuerte,
lo cual permitiría fortalecer la calidad de las
instituciones, de su docencia y de su investigación. El
objetivo propuesto, aunque no logrado, fue “el desarrollo de
una dimensión noteamericana de educación superior”,
facilitar la movilidad de estudiantes y académicos en este
ámbito, usar de forma conjunta información, manejar las
nuevas tecnologías de información para el mutuo
reconocimiento, y poner en marcha programas de colaboración
múltiples y a diferentes niveles.
Durante la segunda conferencia trilateral de instituciones
de educación superior (1993), se creó una Comisión de
Trabajo Trilateral, para avanzar en cinco temas de interés
común: movilidad de estudiantes y académicos;
establecimiento de redes de información e impacto de las
nuevas tecnologías; colaboración estratégica; desarrollo del
personal académico; y recursos financieros. En esta reunión
se establecieron seis iniciativas (de nuevo, aún sin
lograrse):
-
El establecimiento de una
red norteamericana de educación a distancia e
investigación.
-
La formación de un
mecanismo trilateral de relación educación superior-empresa.
-
El establecimiento de
programas que posibiliten la colaboración del personal
académico y de los funcionarios entre los tres países
para reunirse a explorar acciones de colaboración
trilaterales.
-
El establecimiento de una
base de información electrónica en cada país.
-
El fortalecimiento y la
expansión de programas de estudios en Norteamérica.
-
El establecimiento de un
programa de apoyo al intercambio trilateral intensivo, a
la investigación y la capacitación para estudiantes.
Para entonces, la Asociación
Nacional de Universidades e Instituciones de Educación
Superior (ANUIES), de México, reportaba (en 1993) que unas
30 instituciones de educación superior mexicanas habían
puesto en marcha actividades de cooperación con sus
similares de Estados Unidos y de Canadá, que existían 1,368
acuerdos internacionales, de los cuales el 36.3% eran con
Estados Unidos y el .4% con Canadá. Según este estudio, se
indicaba que de forma preferente estos acuerdos tenían que
ver, sobre todo, con el intercambio de profesores e
investigadores, con proyectos de investigación conjuntos.
Mientras esto ocurría en el marco de la fallida integración
en la educación superior entre México, Estados Unidos y
Canadá, en donde las instituciones de educación superior
protagonistas fueron las macrouniversidades de México, en el
sur del Continente Latinoamericano se avanzaba en la
constitución de otro bloque de países, denominado el
MERCOSUR.
En este caso, sí se presentan de forma explícita acciones
comunes en torno a la integración educativa y cultural entre
los países miembros, Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay.
Chile se incorpora en 1996, y recientemente lo ha hecho
también Bolivia. A inicio de la dédaca de los noventa, se
firmó el acuerdo “MERCOSUR Cultural y Educativo” para
cooperar en las siguientes áreas:
-
Capacitación de la
conciencia ciudadana favorable a la integración.
-
Formación para el
desarrollo.
-
Armonización de los
sistemas educativos.
Entre sus resultados más
importantes alcanzados entre 1994 y 1997, se encuentran los
siguientes:
-
“El reconocimiento de
certificados, títulos y estudios. En agosto de 1994, los
ministros de los gobiernos respectivos firmaron el
protocolo de integración educativo y reconocimiento de
certificados, títulos y estudios de nivel primario y
nivel medio no técnico.
-
Simultáneamente, Argentina
reconoció como válido el título de bachiller de los
primeros cuatro países integrantes del MERCOSUR.
-
Para el nivel medio
técnico se han puesto las bases de la integración y de
un sistema de revalidación de títulos y certificados.
-
En la educación superior,
las tareas de cooperación se han concentrado en el nivel
de postgrado, así como en un sistema de reconocimiento
de títulos para la realización de estudios de ese nivel.
-
Se ha conformado un
sistema de información educativa que permite aclarar los
sistemas de información de los cuatro países.
-
Se ha avanzado en la
enseñanza común de los respectivos idiomas y se han
elaborado contenidos comunes de varias asignaturas del
nivel elemental y medio”.
Al nivel de la participación
de un grupo de macrouniversidades, quizás el avance más
importante, en el contexto del MERCOSUR, fue el de la
creación de la Asociación de Universidades Grupo Montevideo
(AUGM). Se trata de una experiencia de cooperación
universitaria de carácter horizontal, dentro de un esquema
de crecimiento regulado por la capacidad de interacción del
conjunto.
En agosto de 1991, se firma el Acta de Intención Fundacional
refrenada por 8 universidades públicas (5 argentinas, 1
uruguaya, 1 paraguaya y 1 brasileña), en su gran mayoría
macrouniversidades. Desde 1992, empezaron a organizarse
encuentros para avanzar en la cooperación académica en las
siguientes áreas: biología molecular, farmacología de
productos naturales, matemática aplicada, educación para la
integración, desarrollo rural, microelectrónica y química
fina. En ese mismo año se firman los Estatutos de la AUGM.
Al nivel más general, en la región de América Latina existen
trabajando, también de manera muy expresiva y relevante, en
la perspectiva de la movilidad universitaria y la
cooperación, organismos como la Organización Universitaria
Interamericana (OUI) y la Unión de Universidades de América
Latina (UDUAL), con sede en la Universidad Nacional Autónoma
de México (UNAM). Durante los últimos años se han
consolidado proyectos de cooperación subregional como el
Consejo Superior de Universidades de Centroamérica o la red
de Universidades del Amazonas (UNAMAZ).16
Asimismo, tienen presencia en América Latina y el Caribe
diversas agencias de cooperación europeas e internacionales,
entre las que vale la pena destacar a la Asociación
Internacional de Universidades y la Agencia Española de
Cooperación Internacional. Esta última administra
actualmente recursos financieros del propio gobierno español,
del PNUD, de la UE, del SELA y de la UNCTAD destinados los
programas macro de cooperación como INTERCAMPUS (movilidad
de estudiantes y académicos), MEC-MER (cooperación
científica), IBERCUE (cooperación universidad-empresa) y
acciones específicas de apoyo.
La Unión Europea, por decisión adoptada el 10 de marzo de
1994, ofrece el programa ALFA para América Latina inspirado
en programas de índole similar de Europa (como ERASMUS,
TEMPUS y COMETT), y el mismo tiene como objetivo: “fomentar
la cooperación entre redes de instituciones de enseñanza
superior de América Latina y Europa”, así como promover
programas de cooperación en torno a dos ejes, la gestión
institucional y la formación científica y tecnológica.
Lo anterior da cuenta de que la movilidad universitaria en
la región, adquirió una importancia creciente en el contexto
del desarrollo de las macrouniversidades, relacionada
directamente a los procesos de integración y la formación de
bloques geo-económicos. Asimismo, que la cooperación
académica con instituciones del extranjero, se volvió un
elemento fundamental para el diseño de políticas
institucionales que buscaban explícitamente la
internacionalización de sus programas y alcanzar más altos
niveles de valoración de sus estudios.
Sin embargo, y a pesar de la tendencia, el establecimiento
de relaciones de movilidad universitaria, se realiza sobre
todo por la vía de convenios interinstitucionales, y esto se
lleva a cabo por la vía de las oficinas de intercambio
académico con las que cuenta la mayoría de las
macrouniversidades de todos los países en América Latina y
el Caribe. En los últimos años, se ha buscado que esta se
oriente por la vía del reconocimiento de la calidad de los
programas de licenciatura y de postgrado, y ello se ha
establecido como fundamental para facilitar la cooperación
regional.
Asimismo, si se observa el fenómeno de la movilidad
universitaria en la región durante los últimos años, se
podrá observar, sobre todo, las limitaciones de las agencias
donantes bilaterales y multilaterales al apoyar programas de
reforma estructural en la educación y a gran escala, por lo
que en una gran cantidad de casos, se ha señalado, que la
experiencia ha sido negativa.
Este modelo de comportamiento de la cooperación
internacional hacia la educación superior, se puede
sintetizar, de acuerdo con Hallak (1996), de la siguiente
manera:
-
Tendencia de las agencias
de cooperación a aplicar soluciones “estándar” sujetas a
pautas excesivamente generales que muchas veces
responden a modas.
-
Tendencia a entender los
temas educativos exclusivamente como un asunto “técnico”,
que relega los aspectos políticos, en el mejor de los
casos, como una “incómoda molestia”.
-
Programas de
financiamiento que normalmente no superan la corta
duración, con respecto al tiempo necesario para obtener
los resultados requeridos.
-
Políticas de asignación de
fondos que priorizan el apoyo a áreas consideradas de
necesidades más imperiosas y que entrañan la suspensión
del financiamiento a proyectos previos exitosos.
-
Comportamiento que traduce
implícitamente la idea establecida de que quien recibe
la cooperación tiene el “problema” y quien administra el
programa tiene la “solución” y los recursos requeridos
para aplicarla.
-
Aun cuando lo que se
financia sea un proyecto o una idea de quien demanda la
cooperación, aquella debe ser aceptada y aprobada por
quien dispone de los fondos”.17
Otras deficiencias de los
programas de cooperación internacional hacia la educación
superior, son señaladas por Brovetto (1996), sobre todo
cuando se lleva a cabo de forma vertical e induce a la fuga
de cerebros, tanto interna como externa. Esta tiene las
siguientes consecuencias:
-
Desarraigo del personal
académico respecto a su propia realidad y a la
problemática correspondiente, que se produce cuando el
investigador ha sido formado y ha radicado en
instituciones académicas del mundo desarrollado. Ello se
ve acrecentado dadas las deficiencias de las políticas
orientadas a impulsar la labor científica y su directa
vinculación con la realidad que caracteriza a nuestros
países.
-
Reproducción de un
fenómeno dual de “emigración física” cuando el personal
calificado emigra de forram casi definitiva del país del
cual obtuvo su formación fundamental, de “emigración
temática”, cuando a pesar de ocurrir un retorno
geográfico al medio original, se permanece dentro de la
problemática científica del mundo desarrollado.18
Frente a estos problemas, en
el debate Latinoamericano, desde la perspectiva del balance
que puede realizarse de la movilidad universitaria durante
la última década, han venido surgiendo nuevos componentes
estratégicos y nuevas políticas y programas, experiencias y
redes de cooperación, que están poniendo en marcha programas
innovadores en esta materia.
Por ello, se ha vuelto necesario y es ahora posible poner en
marcha una nueva estrategia de cooperación y movilidad
universitaria de carácter horizontal, con el objetivo de
posibilitar la creación y pontenciación de las capacidades
sociales de los países de América Latina, para producir y
transferir conocimientos científico-tecnológicos propios a
nivel nacional, regional e internacional. Para ello, la
movilidad universitaria debe concentrarse en apoyar la
realización de cambios profundos en las instituciones de
educación superior, que sean apoyados por un conjunto de
esfuerzos articulados de cooperación académica. Algunos
programas universitarios de movilidad universitaria en
América Latina están llevando a cabo esfuerzos importantes
para alcanzar el objetivo anterior. Esto ocurre con la
Asociación de Universidades Grupo Montevideo (AUGM), con los
que realiza el propio IESALC-UNESCO, y otras redes de
intercambio y cooperación académica.
Desde la perspectiva estratégica de estas iniciativas, se
concibe que el cambio estructural de la educación superior
es un imperativo, y que en éste juega un papel muy relevante
la puesta en marcha de iniciativas de una nueva articulación
de la cooperación regional e internacional. El propósito
fundamental de esta cooperación debe estar dirigida a
fortalecer los componentes claves de la integración y la
articulación de los sujetos, instituciones, agencias y
recursos para garantizar una estructura flexible de redes y
de movilidad académica que evite sustituir, alterar o
dirigir la iniciativa local.
El desarrollo de una capacidad propia de producción y
transferencia de conocimientos, o su potenciación local,
subregional y regional debe ser el objetivo central de las
nuevas formas de cooperación. Ello significa que los actores
locales son los principales responsables del diseño y
formulación de las propuestas, programas y proyectos de
cambio y los actores principales del proceso de
transformación.
Las Condiciones de la Nueva Reforma Universitaria
En un mundo caracterizado por su acelerado progreso
tecnológico, en donde el valor de los nuevos conocimientos
se ha impuesto como el principal paradigma de la
reorganización laboral, con secuencias de crisis económicas
y alteraciones políticas de gran alcance, las universidades
de países como los de América Latina, son lugares que
resienten profundos impactos desde su entorno, para iniciar
transformaciones desde su interior.
Ubicadas como instituciones de gran trascendencia para fines
de desarrollo económico, cultural y social, las expectativas
que se ciernen sobre las universidades están provocando
presiones sin límites, la redefinición de políticas y
planes, la frecuencia de programas y alternativas en la
búsqueda de nuevos modelos de organización.
Estas tendencias e impactos hacen referencia a una
dialéctica de escenarios que han alterado de forma
significativa lo que la idea de universidad era hasta hace
unas cuantas décadas, en relación con sus funciones, a sus
sectores, a su gobernabilidad, a su calidad y a su lugar
mismo en la sociedad.
Habrá que destacar, no obstante, que el impacto del nuevo
patrón social, tecnológico y productivo global ha propiciado,
la emergencia de redes, estructuras de cooperación y nuevos
marcos de integración a nivel regional e interinstitucional
que presentan, en tendencia, la posibilidad de construir un
escenario alternativo o pararlelo al de la competividad
institucionalizada y a la lógica del modelo (dominante) de
mercado. Lo anterior hace referencia a la posibilidad de
constituir un escenario de nueva reforma universitaria que
apunta a una mayor cooperación horizontal entre
instituciones y sectores, que se estructura en redes y en
espacios comunitarios y trabaja en colaboración, sin perder
su identidad institucional.
Este escenario de nueva reforma univesitaria, que buscaría
impulsar un modelo alternativo de universidad, caracterizado
como de producción y transferencia del valor social de los
conocimientos y de pertinencia de las tareas académicas de
la universidad, se sostiene en la transformación de las
estructuras en redes y en la cooperación horizontal que da
prioridad a los proyectos conjuntos (o interinstitucionales),
a la más amplia movilidad ocupacional del personal académico
y de los estudiantes, a la homologación de cursos y títulos,
a la coparticipación de recursos y a una orientación
educativa social solidaria. Los valores educativos se
comparten y se concentran más en el cambio de contenidos del
conocimiento y las disciplinas, en la creación de nuevas
habilidades y capacidades sociales, que buscan relacionar
prioridades nacionales o regionales con el trabajo en nuevas
áreas del conocimiento y en la innovación que busca
diversificar el riesgo. Este escenario se sostiene en la
intensificación de la participación de las comunidades y en
el incremento diversificado en la obtención de recursos.
Por ello, el escenario de cambio desde la cooperación y la
integración, para alcanzar un nuevo estadio de valorización
social de los conocimientos, se presenta como uno de
carácter alternativo, porque pone el acento en la atención a
las nuevas demandas y requerimientos de las instituciones de
educación superior, que deben empezar desde ahora a planear
las nuevas estructuras organizativas que favorezcan el
acceso a un conocimiento de valor social, y sus procesos
formativos en la creación de la nueva fuerza de trabajo
regional y global.
Este escenario de nueva reforma universitaria, posibilita la
integración a diferentes redes, la participación de las
comunidades en la democratización interna y de la vida
pública, así como la generalización de medios ambientes para
un aprendizaje permanente. Se trata de un cambio de modelo
pedagógico y organizacional que comprende que la acción
educativa se sostiene en la unidad de lo diferente, en la
construcción de nuevos objetos de conocimiento, en la
reflexión sobre el otro y la totalidad, en el impulso a
esquemas de autoaprendizaje y en el reconocimiento de la
diversidad.
Esta concepción de reforma universitaria se sostiene en la
identificación de las fortalezas institucionales y
regionales, en la comprensión de los desarrollos originales,
en la búsqueda de la reconstitución de las propias
capacidades de los individuos y de los sectores, y no en su
diferenciación o en la reproducción de sus inequidades. En
términos de políticas en la educación superior, significa un
modelo de cambio que favorece el intercambio de experiencias,
la articulación de sus funciones, las interrelaciones y no
la competitividad. Sobre todo esta concepción alternativa
supone pensar la calidad educativa no desde los productos y
los fines, sino desde las condiciones reales del desarrollo
general común, y desde el valor social de los conocimientos
que se producen y distribuyen, y que se vinculan con las
prioridades nacionales.
En la experiencia que se tiene del desarrollo de este
escenario, se muestra que el cambio se asume desde los
cuerpos de “staff” y del primer nivel de la administración y
se pone en marcha bajo formas de “auto-regulación” y
consentimiento, que su proyecto es de largo plazo y que se
han preparado previamente las condiciones para que se
alcancen niveles óptimos de participación entre las
comunidades involucradas. Estos se especifican, si se hace
posible realizar cambios a nivel del plano organizativo que
pueda empezar a articular el trabajo de escuelas, facultades,
centros e institutos que se mantienen concentrados en la
reproducción de su quehacer fundamental, avanzando, por así
decirlo, verticalmente, para después plantearse esquemas de
interrelación entre sí o con otros del exterior y conformar
con ello esquemas de cooperación con otras instituciones o
centros de estudio o de investigación. El cambio que se
postula debe partir, entonces, de la adopción de estructuras
más flexibles y dinámicas.
Lo que implica esto es un cambio de paradigma de lo que es
la reforma universitaria en la época contemporánea, hacia la
concepción de una organización abierta, de diferente nivel
de participación de sus múltiples actores; flexible, auto-regulada
y con una fuerte orientación social y regional. La
producción de conocimiento implica que el conocimiento que
se produce en la investigación, pero también en los nuevos
sistemas de aprendizaje, se define por el contexto de su
aplicación y su utilidad pública.
Por ello, la producción y transferencia de conocimientos
hace referencia a un proceso articulado, desde el
conocimiento existente hacia el que se produce y recrea.
Esto incluye, por tanto, un conjunto de elementos y
componentes del saber hacer y saber cómo, experticia,
técnicas y capacidades muy variadas, mecanismos, programas,
instituciones, agencias y actores del proceso. Una
institución que se organiza para producir y tranferir
conocimientos a la sociedad debe ser, por tanto, compleja,
dinámica y diferenciada. La organización de la innovación
requiere de una incrementada eficacia en la toma de
decisiones, en su descentralización, en su mayor
participación horizontal, con mayor delegación de
responsabilidades y autoridades, y de una amplia integración
de unidades autónomas. Se trata, por ello, de una
organización cooperativa y de redes, en la perspectiva
siguiente:
“Las organizaciones en red difieren en arquitectura de las
estructuras diseñadas jerárquicamente, los recursos no son
concentrados en el centro ni distribuidos hacia las unidades
básicas, el conocimiento y las competencias se distribuyen
por toda la institución y residen en múltiples lugares. No
todas las unidades operativas interactúan en un medio
ambiente comparable, ni poseen los mismos recursos; ellas
pueden jugar diferentes papeles dentro de la organización.
En el desarrollo de nuevos servicios o estrategias algunas
unidades juegan un papel de liderazgo, mientras otras juegan
al apoyo. La integración se facilita a través de los valores
compartidos, los estándares comunes, la comunicación
horizontal extensa y la socialización. Algunas estructuras,
tales como los proyectos grupales y los equipos de trabajo
son únicamente temporales. La organización en red depende de
una planeación y un sistema de presupuestación fuerte pero
flexible, así como de incentivos comunes”.19
Como también lo describe Pérez (1996):
“Este sistema es mucho más como un sistema ecológico donde
lo importante son las interrelaciones en un conjunto
armónico de múltiples participantes. Entiendo de esta manera,
puede decirse que todo país tiene un sistema nacional de
innovación, lo que podríamos llamar un ambiente territorial
para la innovación, sólo que unos son pésimos y otros
excelentes; en unos se da fácilmente la cooperación, en
otros hay grandes resistencias; en unos hay canales de
comunicación entre los diversos actores, en otros la
práctica común son los comportamientos estancos; en unos el
mundo educativo se comunica con el mundo de la producción
para conocer sus necesidades y actualizarse constantemente,
en otros los dos mundos se observan de lejos; en unos el
sistema financiero se involucra en los proyectos concretos,
los aspectos técnicos del mercado y las estrategias de largo
plazo de sus clientes, en otros sólo se ocupa de mirar
estados financieros y estimar tasas de retorno en el corto
plazo; en unos los ingenieros o gerentes de la industria dan
clases en la universidad y los profesores investigan en los
laboratorios de las plantas industriales, en otros las
puertas están cerradas en ambos lados para este tipo de
colaboración cotidiana”.20
Esto supone que, para iniciar una reforma hacia la
innovación, desde las estructuras actuales segmentadas y
lineales de las actuales universidades, poco articuladas a
las demandas de la sociedad y escasamente congruentes con
los requerimientos de una economía que se transforma, se
requiere poner en marcha estructuras de organización
horizontal en redes, que puedan convertirse en la punta de
la transformación general dentro de una trayectoria
prospectiva de mediano plazo.
Este punto de arranque no podrá ocurrir si no se garantizan
mecanismos de plena participación de las comunidades
académicas y la modernización de las relaciones laborales,
para garantizar la calidad de los procesos académicos, y si
no se asumen reformas sustanciales en la legislación y las
forma de gobierno para establecer canales de comunicación e
información permanentes para regular el ejercicio del gasto,
potenciar y desarrollar la infraestructura y sostener una
adecuada transferencia de conocimientos respecto a los
requerimientos de la sociedad.
En los últimos años, la administración académica e
institucional ha sido tema de un muy importante debate, que
ha superado el tradicional tratamiento intuitivo basado en
su evaluación conforme a la experiencia y los resultados
cuantificables, hacia desarrollos que permiten valorar el
desempeño cualitativo dentro de modelos de racionalización y
uso óptimo de recursos.
Los nuevos paradigmas de organización académica surgen con
la creación y desempeño de unidades académicas complejas que
relacionan individuos, equipos de trabajo en redes de
diferente nivel y perspectivas, con la puesta en marcha de
estructuras interdisciplinarias y con la autonomía relativa
de sus instancias orgánicas.
Se trata de un paradigma que se lleva a cabo para mantener y
desarrollar una capacidad anticipatoria, con el fin de
permitir la flexibilidad necesaria para prever problemas y
plantear soluciones a los desafíos que se presentan con los
impactos y fronteras de la ciencia, la tecnología y la
producción y transferencia de conocimientos. Lo que se
pretende es generar con ellos, ambientes institucionales
propicios para posibilitar una frecuente y audaz
interrelación entre las instancias y los procesos académicos,
y el surgimiento y proliferación de cuerpos académico a
híbridos. Esto supone avanzar contra la inercia que se
impone de relaciones rígidas de jerarquía y subordinación,
la existencia de una autoridad formal y una normativa
excesivamente detallada que entra, frecuentemente, en
contradicción con el carácter esencialmente creativo de la
actividad académica. Esto permitiría que la organización de
las diversas instancias académicas se manifieste como una
red de relaciones horizontales, que asegure la integridad y
el funcionamiento eficaz de un sistema de articulación e
integración de los conocimientos. El salto organizativo
central, sin embargo, puede ocurrir si se da inicio a la
discusión y a la propulsión de instancias de transferencia
de conocimientos. Hasta ahora, las funciones de producción y
transmisión de conocimientos habían sido los ejes
estructurales del desarrollo de las instituciones de
educación superior. Ahora hay que pensar en desplegar una
nueva función sustantiva más, la de transferencia de
conocimientos hacia la sociedad, en particular hacia los
actores sociales y económicos reales cuyo papel se relaciona
directamente con el uso y la explotación del conocimiento.
Una efectiva transferencia de conocimientos depende de la
formación y desarrollo de habilidades y aprendizajes
específicos, para adaptar el conocimiento producido y
transmitido para su uso social y económico. Esto tiene que
ver con las perspectivas de la responsabilidad social que
tienen las instituciones de educación superior, y con las
normas y procedimientos para la realización de patentes y la
propiedad intelectual, las relaciones de estas instituciones
con las empresas privadas y sociales, con el Estado, con
otras instituciones y con el espectro más amplio de la
cooperación internacional y la participación con las redes
internacionales del conocimiento.
En una economía nacional dinámica, la relación entre
conocimiento académico e innovación en la produción
económica resulta estratégica para fines de nuevo desarrollo
relacionado con el bienestar. Es esto lo que ahora aparece
en el componente productivo con el más alto valor agregado,
y que se expresa en la transferencia de una capacidad
proveniente del conocimiento.
Para que ocurra la realización de este tipo de conocimiento,
se requiere contar con una base institucional y con un
sistema nacional de aprendizajes y de innovación, mismo que
no tiene un comportamiento lineal, como si ocurriera una
secuencia de operaciones que van de la investigación básica
a la aplicada, hacia el proceso de innovación, hacia el
producto y hacia el mercado, conformando con ello nuevos
nichos de innovación tecnológica.
En la nueva realidad, estas funciones antes formalizadas,
han sido reemplazadas por correlaciones complejas y
multivariadas que se alteran entre si en el tiempo y en el
espacio, alrededor de las nuevas habilidades y capacidades
de los trabajadores del conocimiento.
Se ha podido comprobar que, cuando las universidades han
dinamizado sus estructuras y realizado cambios
institucionales pertinentes, alcanzan mucha más flexibilidad
para conducir los nuevos modos de innovación en los que se
da el conocimiento. Esto hace que el problema ya no sea
tanto la escasez de un nuevo conocimiento, sino la falta de
comprensión de lo que se puede hacer con él, cómo realizarlo
de la manera más productiva y cómo llevar a cabo una
previsión de sus desarrollos al mediano y largo plazo. Lo
que la experiencia indica, es que una nueva estructura
académica y organizativa en las universidades se concentra
tanto en los productos que pueda innovar o generar, pero
también en la articulación que pueda propiciar entre sus
procesos y resultados académicos y educativos con la
produción económica y social, construida bajo la forma de
complejos académicos-productivas-culturales, no
necesariamente estables, sino a menudo transitorias,
puntuales y convergentes, de acuerdo a niveles de
correspondencia de flujos y relación orgánica de sus
sistemas de comunicación.
La nueva política universitaria, así, debe relacionarse
imbricadamente con la científico- tecnológica y operar en
correspondencia a estructuras mucho más horizontales desde
el plano de sus particulares dinámicas, con agendas basadas
en la concepción de “desarrollo de prioridades estratégicas”,
en una división del trabajo basada en producción y
transferencia de conocimientos.
A diferencia de otros países desarrollados, en América
Latina, las universidades deben ser concebidas como
entidades claves y componentes esenciales para el desarrollo
de estas nuevas estrategias de articulación.
En ellas, se puede ahora constatar que la producción del
conocimiento científico y tecnológico, ha cambiado en los
últimos veinte años de forma significativa. El cambio más
importante es que, frente a una industria dependiente y
consumidora de ciencia y tecnología de importación, algunas
universidades en lo individual han probado ser capaces de
flexibilizar sus estructuras para innovar en los derroteros
de la producción de nuevos conocimientos, y esto las ha
convertido en puntas y nichos dinámicos hacia el futuro.
En la medida que la ciencia y la tecnología han alcanzado
este nivel básico, los académicos universitarios –parte
fundamental del sector de trabajadores del conocimiento- se
han visto compelidos a llevar a cabo trabajos y proyectos
que mantienen un alto nivel, empujando con ello cambios, si
se quiere a menudo invisibles y cotidianos, en las
universidades, pero sobre todo en el nivel de interrelación
de diferentes disciplinas y de colaboración con sectores de
la sociedad y la economía. El papel que juega, o debe jugar,
la universidad es otro. Este se concentra en la definición
de prioridades en la producción y transferencia del
conocimiento como bien público, como un bien social desde un
compromiso no-privado al respecto de la investigación y la
docencia que realiza. Es decir, que sus productos, procesos
e instancias de gestión para su desarrollo no pueden ser
capturados para la obtención de un bien privado, o para su
aprobación privada.
Esto es lo que tiene que ver con una nueva categoría de
investigación que debe establecerse: la investigación
estratégica. La investigación de carácter estratégico
difiere de la investigación “orientada por la curiosidad”,
así como la de “utilidad económica”, porque no se remite a
una sola disciplina, ni responde a intereses individuales de
los investigadores, ni a los intereses económicos de algunas
empresas privadas.
La investigación estratégica responde a intereses de corto,
mediano y largo plazos, es básica, aplicada o experimental,
pero depende del establecimiento de prioridades nacionales,
sociales o específicas que contemplen una solución
relacionada a un contexto, a problemas y es inter y
transdisciplinaria. La investigación estratégica presupone,
por lo tanto, la definición explícita de problemas a atender,
de solución fundamental para el desarrollo del país o la
región, y el bienestar de las mayorías de la población,
sobre todo de las más pobres. Esto significa que la
universidad innovadora, debe pasar a comprometerse a
resolver problemas concretos, a desarrollar tecnologías
fundamentales y a promover la generación y transferencia de
nuevos conocimientos y soluciones tecnológicas, desde las
anteriores perspectivas. No se trata, con ello, de que las
univeridades pasen a ser parte de los indicadores de
productividad nacionales o de los componentes del Producto
Nacional Bruto. Se trata más bien, de un paso previo, de la
producción del conocimiento y su difusión dentro de la
sociedad y la economía, de ser parte de un producto de
innovación antes de que el conocimiento científico y
tecnológico sea comercializable.
Esta condición central para la articulación de la
universidad de las nuevas políticas de desarrollo del
escenario de innovación que se propone, pasan por el
establecimiento de cambios importantes en las estructuras
básicas de las instituciones. Esto es así, porque las
universidades sufren de una creciente brecha entre las
cantidades y las calidades de sus procesos educativos y de
sus componentes esenciales. Desde un enfoque prospectivo, el
objetivo de superación de estas magras condiciones es
posibilitar la puesta en marcha de una trayectoria de
transformación radical. Esta trayectoria tiene como
imagen-objetivo el establecimiento de una revolución en los
aspectos sustantivos del quehacer académico y en la
organización socio-institucional de la universidad. Una
revolución académica en las universidades, debe estar
centrada en el mejoramiento de los aspectos de la calidad
del proceso educativo, y en el establecimiento de un nuevo
paradigma de producción y transferencia de conocimientos.
Tomando en cuenta lo anterior, se puede decir que la
educación universitaria es, esencialmente, un proceso
cualitativo. Pero si estamos seriamente interesados en
evaluar su calidad tenemos que poner en el centro su
carácter, el contenido y la orientación de esta educación,
comprendida como un proceso de transformación de los
individuos y de la sociedad, relacionando los cuatro últimos
enfoques mencionados. Ubicar tan sólo los récords de los
productos de investigación, o las tasas de empleo de los
egresados no representa el problema principal a ser abordado,
desde esta perspectiva.
Las posibilidades de aportar en lo fundamental, se concentra
en el estudio y las alternativas respecto al carácter de las
actividades educativas. Si evaluamos la institución como un
todo, se debe encontrar el camino para evaluar la
significancia del esfuerzo de docencia e investigación,
desde el plano de los cambios que estas promueven, y no sólo
de lo que se produce por su intermedio.
Los métodos para ellos deben ser apropiados. Estos no pueden
descansar en la aplicación de indicadores de ejecución, sino
en aquello que penetren en el carácter de la experiencia del
estudiante y de los académicos y generen evidencias que den
bases para realizar juicios concretos acerca del trayecto de
la institución, su curso y su devenir. El eje de la calidad
del proceso educativo, entonces, se ubica en la utilidad
social de los conocimientos producidos y distribuidos por la
institución universitaria. Este concepto de calidad, se
relaciona directamente con la valorización actual del
conocimiento. Este es el nuevo objetivo del trabajo y la
riqueza, y es el eje de los nuevos medios de producción. El
trabajador del conocimiento se ha convertido en el actor y
el sujeto más importante de la sociedad y de la producción,
el indicador más relevante del desarrollo económico. Generar,
formar y desarrollar estos trabajadores del conocimiento,
desde el plano de la calidad social de los aprendizajes que
obtiene, de sus capacidades y habilidades, constituye el
objetivo específico de un cambio de fondo en la universidad.
Esto supone la idea de una universidad de innovación con
pertinencia social. Esta es una institución social activa y
dinámica, sustentada en la formación de trabajadores del
conocimiento, con un alto nivel, compromiso y
responsabilidad con el cambio social, la democracia, la paz
y el desarrollo sustentable. Es una universidad en donde la
calidad social del valor de los conocimientos que produce y
transfiere se presenta como un principio organizativo, el
eje de sus cambios se ubica en el carácter de sus procesos
educativos, y el perfil de la institución responde tanto a
los retos que plantean la transición democrática y el
desarrollo para el bienestar.
___________________________________________________________
1 Darcy Ribeiro. La Universidad Necesaria. UNAM, México,
1982, p.168.
2 Véase. Didriksson, Axel. Estudio sobre las
macrouniversidades de América Latina y el Caribe.
CESU-UNAM-IESALC-UNESCO. Min.,Caracas, Venezuela, mayo,
2002.
3 “La reforma, en cuanto a la organización de la universidad,
se mantuvo en área de la ordenación de la misma como
institución autónoma y democrática. No dirigió sus dardos,
con igual empeño, en contra de la estructura académica,
aunque se preocupo de los aspectos relacionados con la
docencia y los métodos de enseñanza. Y aunque varios de sus
ideólogos formularon algunas propuestas para superar el
“profesionalismo” y la “excesiva especialización”, lo cierto
es que el programa reformista no incluyó medidas o
recomendaciones destinadas a romper o superar la estructura
académica napoleónica, responsable del vicio que denunciaba”.
Carlos Tunnermann. La Educación Superior y los Desafíos del
Siglo XXI. Fondo Editorial CIRA, Managua, 2000, p.93.
4 Carlos Tunnermann. Los Retos de la Universidad de Hoy.
Consejo de Rectores de Panamá, Panamá, 1995, p.57.a
5 Brunner. Op. Cit. P.43-44.
6 Idem, p.45.
7 “In contrast to what happened in Germany, for instance,
Latin American universities were extremely slow in opening
space for empirical research, that could provide support for
technical education in the professional school; in contrast
with Britain, there was no place for general education in
the liberal arts tradition, which became restricted to the
secondary school, the last bastion of traditional Catholic
education; and, in contrast with France itself, very little
was developed which could be compare with elite
institutions, where high level professional education could
be protected from the changes and uncertainties of the
broader higher education system”. Simon Schwartzman. “
Policies for higher education in Latin America: the
context”. Highter Education 25, 9-20, 1993, p.9-10.
8 Brunner, describe así la imagen de deterioro de las
macrouniversidades del periodo: “Las propias universidades
tradicionales- en especial las universidades públicas,
orgullo de cada país – experimentan una violenta
metamorfosis frente a la mirada atónita de la opinión
pública. En el lapso de diez años se habían convertido, sin
que nadie lo hubiese planificado o previsto, en una
confederación de edificios repartidos por la ciudad a donde
ocurrían masas de jóvenes a estudiar en condiciones cada vez
mas aglomeradas, ningún orden aparente, asistiendo a cursos
con nombres cada vez mas extraños para titularse,
eventualmente, en carreras que, muchas de ellas no parecían
ya ni siquiera asegurar acceso al mercado laboral”. Ob. Cit.
( 1990), P.60.
9 “Según datos del Censo Universitario de la Unión de
Universidades de América Latina (UDUAL), en 1970 más del 80%
del estudiantado universitario latinoamericano se
concentraba en las capitales nacionales, y el resto en
conglomerados urbanos importantes como San Pablo y Río de
Janeiro en Brasil, Guadalajara y Monterrey en México,
Rosario y Mendoza en Argentina”. Rodríguez, idem, P. 25.
10 UNESCO. América Latina y el Caribe, Informe Regional
2002. Estadísticas de la Educación 2001, UNESCO, París, P.
12.
11 Carmen García Guadilla. “El Valor de la Pertinencia en
las Dinámicas de Transformación de la Educación Superior en
América Latina”. En: CRESALC-UNESCO. La Educación Superior
en el Siglo XXI. Visión de América Latina y el Caribe. Tomo
1, CRESALC-UNESCO =, Caracas, 1997, p.48. La autora señala
allí, que: “este promedio encubre grandes diferencias
regionales, encontrándose un país, Argentina, que haya
alcanzado el modelo de acceso universal; 12 países que caen
en el modelo de elite, esto es con tasas de escolarización
menores al 15%”.
12 Idem P. 49.
13 Díaz Barriga, et. al. “Financiamiento y Gestión de la
Educación Superior en América latina y el Caribe”. En:
CRESALC-UNESCO. La Educación Superior en el Siglo XXI,
Visión de América Latina y el Caribe. Tomo 2, CRESALC-UNESCO,
Caracas, 1997, p. 671-672.
14 Dagnino, Renato y Davyt, Thomas. La Evaluación de la
Investigación Científica en América Latina. UNICAMP, Brasil,
p. 38.
15 Idem. P. 40.
16 Ver para mayor información al respecto: José Silvio,
Introducción a la gestión de redes académicas en América
Latina; así como: Luis E. Aragón, “Oito Pontos Críticos
sobre a Formacao de Redes na América Latina”. En: Revista
Interamericana de Gestión y Liderazgo Universitario. IGLU,
No. 10, Canadá, abril, 1996.
17 Hallak, Jaques. Financiar el sector de educación:
Negociar con los organismos de cooperación. Instituto
Internacional de Planeamiento de la Educación. UNESCO, París,
1996, p. 36.
18 Brovetto, Jorge. Cooperación Internacional en Educción
Superior. Mim., Montevideo, 1996, p. 3.
19 Dill and Sporn. Ob. Cit. P. 218-219.
20 Carlota, Pérez. Nueva concepción de la tecnología y
sistema nacional de innovación. Cuadernos del CENDES, año
13, segunda época, enero-abril, Caracas, 1996. p. 27.
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