Cuaderno de Investigación en la Educación

Carta reflexiva y solidaria

Cuaderno de Investigación en la Educación, número 20 (Diciembre 2005)

Anaida Pascual Morán
6 de mayo de 2003
Actos de Apertura, Semana de la Educación
Facultad de Educación
UPR, Recinto de Río Piedras

Cómo citar este artículo (estilo APA) / Citing this article (APA style):
Pascual Morán, Anaida. (2005). title. Cuaderno de Investigación en la Educación, 20, 166-173.

PDF Descargue una versión en PDF de este artículo (105 Kb).

...a quienes pretenden aprender a enseñar
y a quienes pretendemos enseñar a enseñar1

Aprender a ser, aprender a aprender, aprender a enseñar y aprender a emprender… para transformarnos (Marco Conceptual de los Programas Profesionales de la Facultad de Educación).

Compañeras y compañeros educadores:

Cuando mis colegas de la Facultad de Educación me invitaron a hacer una reflexión en los actos de apertura de la Semana de la Educación en torno al epígrafe que figura en nuestro Marco Conceptual, me invadió aquella parálisis que no pocas veces padecemos antes de ordenar por escrito nuestros pensamientos. Me preguntaba… ¿Qué podría yo aportar acerca de un tema tan complejo? ¿Cómo podría provocar un clima reflexivo en los 20 minutos asignados? La situación se agravó por la llegada un tanto complicada, pero con final feliz, de mi primer nieto, la cual ha estado ocupando intensa y prioritariamente mi vida; pero procuré el espacio y el tiempo y pude superar la parálisis. Acudí entonces a la esclarecedora relectura de varios escritos preferidos. También pedí iluminación a varios seres que considero mentoras y mentores lúcidos y me nutrí de sus ideas educativas, sobre todo de las que magistralmente plasma Paulo Freire en sus conocidas Cartas a quien pretende enseñar. Por último, evoqué mis propias experiencias y convicciones, genera­das a lo largo de casi tres décadas en la docencia, gracias a, en palabras de Milton Nacimiento “esa extraña manía de creer en la vida”.

Así nació esta carta que hoy comparto con ustedes, a manera de provocación para reflexiones futuras, la cual he titulado, parafraseando a Freire, Carta reflexiva y solidaria… a quienes pretenden aprender a enseñar… y a quienes pretendemos enseñar a enseñar. Procedo a leerla, haciendo antes la salvedad de que no pretendo ostentar “la verdad educativa”, ni mucho menos agotar el intrincado tema-lema que nos sirve de “pie forzado” en esta Semana de la Educación.

Siete premisas tentativas subyacen esta reflexión. Veamos las mismas con cautela, pues aunque parezcan obvias, en ellas residen profundos desafíos que usualmente son el resultado de las frecuentes incoherencias entre el discurso educativo que profesamos y nuestra praxis pedagógica. Se trata de incoherencias que debemos abordar con sentido de humildad y superar de forma constante, si verdaderamente deseamos encaminarnos de forma permanente hacia la transformación de nuestro entorno educativo y hacia nuestra propia transformación como educadores y seres humanos.

Durante la pasada década, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha recalcado la urgencia de una transformación cualitativa y profunda de la educación, particularmente de la educación superior en América Latina y el Caribe. Dicha transformación, requiere de una profunda y continua reflexión sobre nuestro ser y quehacer educativo en este nuevo siglo. Quienes pretenden aprender a enseñar y quienes pretendemos enseñar a enseñar venimos llamados a crear espacios para una reflexión crítica, creadora y solidaria. Por eso hoy, les invito a que, tomando como punto de partida el epígrafe que precede nuestro documento de misión y visión - Aprender a ser, aprender a aprender, aprender a enseñar y aprender a emprender… para transformarnos - abordemos de inicio una pregunta crítica y central… ¿Cuáles son los verdaderos fines que enmarcan nuestra visión y guían nuestra misión? Pienso que el aprender a aprender y el aprender a enseñar, no constituyen en sí los fines pedagógicos de nuestra misión. Más aún, entiendo que no reflejan los propósitos últimos de esa visión que día a día expresamos en nuestro discurso educativo. Entonces… ¿cuáles son estos fines educativos prioritarios? A mi juicio…

Aprender a ser y aprender a emprender para transformar la realidad y transformarnos a nosotras y nosotros mismos constituyen nuestros fines educativos prioritarios.

Y si bien el aprender a ser y el aprender a emprender constituyen nuestros fines prioritarios, el aprender a aprender y el aprender a enseñar definitivamente son capacidades esenciales a estos fines, ya que…

Aprender a aprender y aprender a enseñar constituyen los medios para alcanzar nuestros fines educativos.

Es decir, que son éstas las vías capaces de agilizar el ciclo reflexión-acción-transformación que nos propone Freire y que la sabiduría acumulada de nuestra práctica educativa nos confirma como medios válidos día a día. Porque ciertamente podemos afirmar que no somos capaces de enseñar si no hemos internalizado como necesario que, deliberada y sistemáticamente, aprendamos a aprender y aprendamos a enseñar si pretendemos enseñar a aprender y enseñar a enseñar. Tal afirmación podría parecernos obvia, sin embargo no es tan evidente. Vemos cómo innumerables docentes en nuestras escuelas son exclusivamente especialistas en áreas académicas.

La situación a nivel terciario es aún más lamentable, ya que en su gran mayoría los docentes universitarios aunque eruditos en su materia - no se han dado a la tarea, ya sea formal o informalmente, de aprender cómo se aprende, cómo se enseña, cómo se hace currículo o cómo se evalúa el aprendizaje - y más grave aún, creen totalmente innecesario hacerlo. Vemos también, por ejemplo, cómo gran parte de los docentes universitarios, no han reconocido aún el impacto de las nuevas tecnologías en la educación, ni han iniciado un proceso sistemático de capacitación para la incorporación adecuada de las mismas a su docencia, a su investigación y a su labor creadora.

De manera que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que para transformar la educación, quienes pretenden aprender a enseñar y quienes pretendemos enseñar a enseñar, debemos tomar en cuenta que…

Aprender a enseñar nos exige aprender a aprender para ser capaces de enseñar a aprender.

Si concebimos este aprender a aprender desde una perspectiva libresca, memorística, “unidisciplinar” o puramente cognoscitiva, le estaremos haciendo un flaco servicio a la gesta educativa, tanto si pretendemos enseñar a aprender, como si pretendemos enseñar a enseñar. Porque el auténtico aprender a aprender, no implica una vana erudición limitada en tiempo y espacio, sino la construcción conciente y permanente de significados en interacción con los seres humanos y el mundo, y sobre todo, por el bienestar de los seres humanos y del mundo.

Al enseñar a aprender y enseñar a enseñar debemos también tomar conciencia - con sentido de humildad y de rechazo a la arrogancia que con frecuencia arropa el discurso y la praxis de la comunidad académica - de que somos aprendices permanentes, porque como bien afirma Freire…

“Enseñar nos enseña”, ya que las educadoras y los educadores somos aprendices siempre en formación.

Como aprendices en constante formación nunca debemos olvidar que nuestro destino último como seres humanos nos emplaza a apropiarnos de nuestro aprendizaje para que seamos capaces de internalizar nuestras motivaciones existenciales. Nos emplaza también a que, a partir de la sabiduría y sensibilidad de nuestra práctica y de nuestro pensar en acción, construyamos pedagogías acordes con los signos de los tiempos. Se trata de pedagogías inéditas que tendrán que profundizar en desafíos reflexivos, presentes y pasados, tales como los vínculos entre la educación puertorriqueña actual y nuestro legado educativo colonial.

De manera que es vital que tengamos siempre presente el por qué y el para qué de nuestro aprendizaje y de nuestra enseñanza. De aquí que Freire nos advierta que será necesario que desplacemos la pedagogía autoritaria por una pedagogía de la pregunta. Es decir, por una pedagogía “problematizadora” y “democratizante” del cuestionamiento, del atrevimiento, del disenso y de la audacia. Por una pedagogía de la esperanza que, desde el “imperativo existencial e histórico” contribuya a viabilizar nuestros sueños edificantes. De manera que…

Aprender a ser nos exige “aprehender nuestra razón de ser” y educar nuestra esperanza.

Este aprender a ser a su vez, nos exige posibilitar, conjunta y dialécticamente, nuestra formación integral y la de nuestros aprendices. Se trata de un proceso crítico y creativo conjunto, en que lo humano sienta las pautas para nuestra labor educativa. Conlleva el conocimiento de la diversidad desde el conocimiento propio. Nos exige, tanto la captación y el cultivo de nuestros intereses, fortalezas y talentos, como el reconocimiento y atención a nuestras limitaciones y necesidades especiales. Más aún, nos exige lo que he llamado “la autentificación del ser en reciprocidad” como nuestra razón última de ser. En otras palabras, se trata de que optemos por la creación de vínculos solidarios como tarea idónea para la dignificación auténtica de cada ser humano, en reciprocidad con otros seres humanos.

Sobre el aprender a ser ya Hostos nos había hablado, al abogar por una pedagogía que le diera sentido pleno a nuestra existencia y al afirmar que la “misión civilizadora” de la educación es el formar una nueva conciencia y personalidad, un nuevo ser “completo”, que pueda asumir a plenitud la responsabilidad de transformar la sociedad hacia una justa armonía, hacia el ideal colectivo de un estado social superior. El aprender a ser nos requiere pues un sentido de compromiso con los más altos valores hostosianos de justicia, equidad, libertad, solidaridad, democracia y respeto a los derechos humanos, lo que nos lleva a afirmar que…

Aprender a ser nos exige aprender a emprender, a compartir y a convivir.

Porque no hay dicotomía entre aprendizaje y solidaridad. Todo lo contrario… antes de aprender a competir, es imprescindible aprender a compartir. Lamentablemente, el enseñar a competir - antes que el enseñar a compartir - es una de tantas violencias pedagógicas que ejercemos día a día, con frecuencia inadvertidamente, mutilando así el potencial solidario del aprendiz; potencial tan urgentemente necesitado para construir una convivencia menos violenta, más solidaria y más justa. Ciertamente, no debiera existir un abismo entre aprendizaje y convivencia, entre el saber y el hacer, entre el hacer y el ser. Coincidimos con aquel grupo de educadores que reunidos en 1993 por la UNESCO señalaron que más allá de los pilares convencionales de la labor docente – el aprender a conocer y el aprender a hacer - el mundo actual nos exige privilegiar el aprender a ser y el aprender a convivir.

De igual manera, resulta urgente que si de verdad - y no en la letra muerta - anhelamos transformar nuestras universidades y escuelas en entidades educativas abiertas, integradoras, dinámicas y diversificadas, enarbolemos la propuesta de la UNESCO para este nuevo siglo, encaminada a promover el aprender a emprender. Se trata de transformarlas en entidades capaces de contribuir a generar nuestro desarrollo social, integral y sostenible, desde perspectivas humanizantes, pluralistas y multidisciplinarias.

El aprender a ser, nos exige también rescatar y reflexionar acerca de lo que Arcadio Díaz Quiñones llamó en su Memoria Rota “las grandes ausentes” de nuestra historia patria en nuestro discurso educativo. Es decir, aquellas que revelan las violencias de nuestra historia, tales como la militarización de nuestra sociedad, los desplazamientos y migraciones, las políticas de control de natalidad, el prejuicio racial, la “enseñanza desnacionalizadora” y “las zonas profundas e inexploradas” de nuestra espiritualidad.

En última instancia, compañeras y compañeros, nuestro gran reto reside en cómo conciliar nuestro quehacer docente, investigativo y creador con la acción concreta y transformadora conducente al bienestar de la sociedad puertorriqueña y de la humanidad. Dicha conciliación nos requiere establecer y promover vínculos recíprocos entre nuestra labor educativa y la gestión comunitaria, entre nuestro quehacer educativo y nuestro sentido de compromiso con la edificación de una cultura de paz mediante las acciones no violentas.

Esta tarea, la cual subraya la dimensión ética que subyace en todo quehacer educativo, cobra aún mayor vigencia en medio de la cultura de guerra y la espiral de violencias y contraviolencias que vivimos; espiral irrefrenable de la cual ni siquiera nuestro recinto universitario ha podido escapar. Umberto Eco, semiólogo y novelista italiano, plantea este reto con firmeza y claridad cuando nos invita a compartir su osado sueño de que toda entidad formativa - sobre todo las universidades y escuelas - se conviertan en “fuerza de paz”, en lugares para “encontrar ideas mejores para un mundo mejor”.

Así llegamos, compañeras y compañeros, a lo que considero nuestro desafío mayor…

Aprender a ser nos exige…transformar la educación, transformar la realidad y transformarnos a nosotras y a nosotros mismos de forma permanente.

Tengo la certeza de que quienes pretenden aprender a enseñar y quienes pretendemos enseñar a enseñar, hemos reflexionado largas horas acerca de la urgencia de transformar la educación y transformar nuestra realidad. ¿Qué esperamos pues para sentar las pautas que puedan guiar nuestra práctica y abonar a dicha transformación? A partir de este desafío y con una exhortación para que continuemos procurando espacios de diálogo solidario y reflexión en acción, se despide hasta la próxima, esta compañera de travesía en la tarea transformadora permanente de aprender para emprender y ser…

 

1 Tomo prestado y parafraseo el título del libro de Pablo Freire, Cartas a quien pretende enseñar (Siglo Veintiuno, 1994), publicado originalmente en portugués en 1993, bajo el título Professora sim; tia nao, Cartas a quem ousa ensinar.