Tendencias en la publicación de revistas académicas o la educación

José Morales González, Ph.D.  email
Departamento de Ciencias Sociales
Facultad de Estudios Generales
Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras
Revista Umbral

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Llegan noticias de que existe un programa informático capaz de generar artículos académicos. Se llama SCIgen y está disponible en Internet. Pones tu nombre (y los de tus amigos) y ya está: obtienes un documento con toda la apariencia de un artículo académico (título rimbombante, resumen, apartados de rigor, referencias y hasta gráficas), pero el texto es un sinsentido (el título rimbombante no es coherente con el resumen, las gráficas ilustran algo distinto de sus respectivos apartados y, desde luego, el autor no lo es). Este sinsentido es su único defecto. Aunque no tanto, pues una editorial (Springer), otrora prestigiosa, publicó al menos 16 de estos “artículos académicos”. Luego los retiró. La editorial confesó, en comunicado oficial, que es difícil controlar estas cosas, pues publica 2,200 revistas y 8,400 libros al año.[1] Así, la incongruencia interna del texto generada por una computadora resulta ser coherente con el contexto inhumano de las publicaciones académicas.

Por tanto, en lugar de alarmarnos, propongo que lo tomemos con alegría. Las presiones que la burocracia “académica” impone a los investigadores para publicar en cantidades ingentes pueden verse aliviadas con esta innovación tecnológica. Así, tendremos tiempo para la educación, para nuestra educación, mientras máquinas y burócratas hacen el trabajo sucio.

Los temas y las tendencias en las publicaciones académicas están fuertemente condicionadas por criterios cuantitativos, que son vacíos por definición. De manera que resulta arduo separar la lógica industrial de las publicaciones, del espíritu auténticamente académico, educativo. Por ejemplo, importa más el nivel de citación de un artículo, que la conversación generada por este, pues se supone que uno mide lo otro. O interesa más cuántos criterios de calidad cumple la revista, que haberla leído. Aquí la pregunta: ¿se publica una revista buscando generar una lectura o se publica teniendo en mente objetivos que nada tienen que ver con ella?

La publicación de revistas cobra sentido en su lectura. La lectura es el objetivo principal de la publicación de las revistas académicas (sobre todo las de educación). Aunque esto parezca obvio, a decir por la tendencia actual de cuantificar hasta el “impacto”, no lo es, y hay que recordarlo de vez en vez. Las revistas académicas son, en buena medida, los vasos comunicantes con la sociedad, tienen por función la difusión y son importantes herramientas para el diálogo. Sus rasgos naturales, tales como, distribución, periodicidad, suscripción y accesibilidad, hacen de ellas un formato de publicación en íntimo contacto con el público.

Ahora bien, la difusión efectiva no es lo mismo a la lectura. ¿Cuántos artículos académicos han resultado significativos en nuestra educación personal? De las centenas a los que hemos tenido acceso, quizá solo unos cuantos han contribuido significativamente a nuestra formación. Raquel Richardson dice que los artículos académicos cientificistas (se refiere a los escritos desde una metodología cuantitativa) están hechos para no ser leídos; si el artículo está bien armado, basta con consultar el abstract para “sacarle” la información o saber si será de utilidad o no. Su escritura es directa, concreta y estructurada casi de manera homogénea, para que su lectura sea rápida, breve y eficaz. O sea, para no tener que leer. Richardson invita a escribir la ciencia para provocar la lectura, es decir para demorarnos en ella por el placer que provoca y la experiencia que otorga.

La lectura requiere de ánimos que son contrarios a la industria editorial; quien lee, se encuentra a sí mismo generando un sentido respecto del mundo en diálogo con el texto. La paciencia, el gusto en la demora, el cuidado por las palabras y sus relaciones, la duda como lugar de estudio… hacen de la lectura una actividad fuera de esta época de consumo y banalidad. La cantidad y rapidez con la que se publica hacen de la industria de las revistas “académicas” una herramienta más de lo que llamamos ahora “educación”, esa cosa que nos prepara para la caducidad de nuestros conocimientos y la dependencia perpetua, como expresa Mariana Garcés.[2]

Buscar la lectura, en el contexto de la edición de revistas académicas, quiere decir que estas publicaciones pretenden hacer un público más amplio para la ciencia, extender la conversación científica evitando que sea asunto de especialistas.

A decir del vigoroso conflicto entre el movimiento de acceso abierto y el endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual por gobiernos, corporaciones e instituciones, pareciera que la cultura mercantil y de propiedad intelectual impera. Sin embargo, sobreviven, carnavalescamente, prácticas de cultura libre que, de hecho, comparten, extensivamente a pesar de las restricciones, información, lecturas. Por ejemplo, mientras la administración del Recinto de Río Piedras adopta una postura punitiva respecto a las leyes de propiedad intelectual (ver circular de Rectoría del 7 de febrero de 2014), cada vez más profesores, bibliotecarios y, sobre todo, estudiantes, asumen el acceso abierto a la información como algo natural a su quehacer educativo. Por eso, no es raro encontrar a los estudiantes leyendo, en sus tabletas, libros libres o libros liberados (algunos les llaman “copias ilegales”).

Ahora bien, el acceso abierto no es en sí mismo un bien educativo. Lo advertimos ahora así, gracias a que Internet, de ser una red de intercambio bastante libre, pasó a ser la nueva vitrina del mercado, con los iPads a la cabeza, vendiendo materiales educativos, pero también con Amazon, ahora importante editorial para profesores universitarios, con Netflix, haciendo facilísimo el consumo de películas.

Se define ahora como un derecho, el acceso abierto, porque advertimos que la información puede ser privatizada (como pasa con el agua o el proceso de polinización de las plantas).[3] El acceso abierto resulta importante porque nos recuerda que en la educación se debe compartir, difundir, mezclar, crear a partir de lo leído y que debemos generar constantemente nuevas formas para que el conocimiento esté al alcance de quien lo desee. El mercado capitalista y la lógica industrial es ajena al espíritu educativo, al que le dice que mercadee (como la oficina que tiene el Recinto), que patente, que produzca más… Pero también manifiesta y determina (pues el acceso abierto es, finalmente, una licencia legal), que mientras menos restricciones se le pongan al conocimiento, más se enriquece. Los límites legales, administrativos o disciplinarios que se le imponen por cierta necedad institucional entorpecen el aprendizaje. Como dice Iván Illich: la escuela se sostiene en la creencia de que existe un secreto en el funcionamiento del saber y de que entonces son necesarias las personas que lo guarden y enseñen dosificadamente.

La palabra tendencias en el ámbito educativo debe resultar sospechosa, pues connota una o varias corrientes. Es otra forma de llamarle a los lugares comunes de los cuales hay que escapar si uno quiere educarse. Para quien estudia no pueden ser sino objeto de pensamiento, por lo que hay que nombrar y abordar en espacios como este congreso, pero se precisa cierta autonomía o libertad respecto a las corrientes educativas para poder siquiera pensar. Por ejemplo: solo cuando se problematiza el estilo APA, tendencia en la escritura de publicaciones científicas en la que se nos “educa” desde los primeros años universitarios, se advierte que tiene efectos muy concretos en la manera en como nos expresamos y, por tanto, nos pensamos en relación al conocimiento, a nuestro objeto de estudio y a nosotros mismos como científicos.

Temas como el acceso abierto, la digitalización, la internacionalización a través de índices y demás, son, quizá, algunas de las tendencias en el asunto, pero no hay que olvidar lo fundamental, que es la lectura, que no entiende de calidad, cantidad y otros adjetivos de la cultura eficientista. Si se escribe, tal como dice Stefan Zweig, para defendernos de la fugacidad y el olvido,[4] parece que ahora se escribe para acelerar la caducidad de nuestra comprensión del mundo.

Y, sin embargo, dentro del ajoro editorial, las gratas sorpresas se siguen encontrando en gestos tales como: el esmero en la evaluación de un lector en el proceso de revisión de pares o la asignación de un artículo publicado en el último número como lectura de algún curso.

Notas

  1. Springer statement on SCIgen-generated papers in conference proceedings. (Berlin, 27 de febrero de 2014). http://www.springer.com/about+springer/media/statements?SGWID=0-1760813-6-1456249-0
  2. Garcés, M. (2013, octubre). Marina Garcés: la educación en un mundo común. La Central, 4.
  3. Lafuente, A. (2008). Los cuatro entornos del procomún. Editorial Archipiélago. Disponible en Internet, en http://digital.csic.es/bitstream/10261/2746/1/cuatro_entornos_procomun.pdf
  4. “…unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”. Zweig, S. (2009). Mendel el de los libros. Barcelona: Acantilado. (Trabajo original publicado en 1929).
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